EL ORDENADOR DE LA SECRETARIA

J. C. Ferriol
J. C. FERRIOLValencia

El Gobierno valenciano ha alegado esta semana que la razón por la que la AIReF, la entidad independiente encargada de vigilar que las CC AA cumplen la Ley de Estabilidad Presupuestaria, amonestó a la Comunitat por no responder a una de sus recomendaciones era que esa contestación del Ejecutivo valenciano se había quedado «en el ordenador de una secretaria». Desde los tiempos de Gracita Morales que no se escuchaba una argumentación tan solvente para sostener lo ocurrido entre la Generalitat -20.000 millones de euros de presupuesto- y la entidad que preside José Luis Escrivá. La tesis del Consell viene a hacer referencia a esos imponderables humanos contra los que no se puede luchar. Se puede combatir el déficit o sobrevivir sin reforma de la financiación. Incluso se puede defender que el dinero del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA) llega con retraso o no en función de lo que interesa. Pero claro, cuando llega a manos de la secretaria... entonces ya no hay nada que hacer. Me niego a dedicar una sola línea al insoportable machismo que encierra la explicación. Prefiero centrarme en la incertidumbre que, al parecer, supone el riesgo de tener que apretar una tecla. Nuestra Generalitat, el aparato burocrático que componen casi 15.000 funcionarios en la administración general, puede tropezar con la hormiga más pequeñita porque, quien sabe, cualquier decisión se encuentra sometida al albur de un tercero, que un día aprieta una tecla y otro día se olvida. Como resulta que se me hace complicado sostener tanta simpleza como una razón formal para que ocurran o no las cosas, me atrevo desde aquí a lanzar algunas sugerencias para futuros inconvenientes como el de esta semana. De la misma manera que un ordenador decide rebelarse y no envía un correo electrónico, un apagón puede impedir una comunicación o un atasco puede echar por tierra la reunión más trascendente. Todo son razones que, en puridad, no resisten el menor rigor. Pero puestos a ofrecer explicaciones simples, que de tan increíble que parezcan puedan resultar ciertas, igual cabría recurrir a los clásicos. El espíritu del 'se me ha olvidado', 'yo no he sido', 'él empezó primero', y toda la retahíla de justificaciones infantiles encajarían bien con el perfil de candidez que, al parecer, gusta a nuestros gobernantes. Si se decide primar la fantasía puede venir bien la presencia de inesperados visitantes de otros planetas, empeñados en complicar nuestro trabajo. Por no hablar del mundo de las brujas y los espíritus, que históricamente ha dado tanto juego. Y luego siempre queda el recurso a la sustracción -'me lo han quitado'-, tan habitual en algunos discursos políticos. El caso es tratar de explicar lo inexplicable. Estamos en otra cosa y no caímos. No hace falta más.