LOS QUE SE OPONEN A TODO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Visto lo visto y transcurridos tantos años es muy probable que el proyecto de la ZAL, la Zona de Actividades Logísticas del Puerto que se levantó sobre la mayor parte de la huerta de La Punta, fuera perfectamente prescindible o, como poco, que no necesitara tanto espacio. También podemos especular con lo que hubiera sido de la ciudad de Valencia si a comienzos de la década de los ochenta del siglo XX las autoridades hubieran considerado la idea -avalada entre otros por el arquitecto Santiago Calatrava- de hacer de Sagunto el gran centro logístico del Mediterráneo occidental, ampliando su puerto y estudiando incluso el traslado del aeropuerto de Manises a su término municipal, lo que habría dado lugar a hacer del Grao un puerto de embarcaciones de recreo, no de gigantescos portacontenedores. Y de paso, puestos a fantasear, podemos imaginar qué sería de nuestras ciudades sin los vuelos y el turismo low cost, sin los apartamentos turísticos, sin las riadas de visitantes que inundan museos, calles comerciales y locales de restauración, sin las franquicias que han sustituido a los comercios tradicionales... O, por qué no, sin los coches, que tanto alteraron la fisonomía urbana, que fueron imponiendo una planta viaria con grandes calzadas y aceras estrechas, que destrozaron el paisaje llenando las plazas de vehículos aparcados. La nostalgia nos llevará, por poner un ejemplo, a las imágenes en blanco y negro de la calle de Colón, con un tranvía por el centro, alguna carroza tirada por caballos, gente paseando, farolas clásicas y edificios de época todos con el mismo número de plantas. Y ya metidos en la vorágine evocadora, la mente se nos irá hacia los pueblos y aldeas rodeados por tierras de labor, o por bosques y montes, pacíficos, sin estrés, humos ni ruidos, envueltos en un ambiente pastoril a lo casa de la pradera, con ovejitas y gallinitas entre alegres masías donde cada día se hornea el pan, la mamá y la abuela preparan frutas confitadas y mermeladas con lo que recogen de sus propios árboles y los hombres salen a trabajar unos campos que regarán con el sudor de su frente. Sí, todo aquello debía de ser fantástico, aunque quizás esté mitificado y se nos olviden las epidemias, la mala alimentación, la mortalidad infantil, la falta de higiene, la inseguridad laboral... Pero lo que es seguro es una cosa, es el pasado, un pasado que no volverá porque la máquina del tiempo no se detiene y mucho menos da marcha atrás. Así que oponerse a todo -al turismo urbano o al crecimiento del Puerto- porque con esa actitud se da apariencia de progresismo (por increíble que parezca) no sólo resulta una pose esnob aunque muy poco coherente (todos, en algún momento, somos turistas) sino, por encima de cualquier otra consideración, una irresponsabilidad.