ELOGIO DE LA IGNORANCIA

Hoy en día el ignorante celebra su mediocridad y, lejos de sentir reparos por ello, se ufana en declararlo en el espacio digital

VICENTE GARRIDO

En el curso recién terminado las redes sociales volvieron a ser centro de atención y de acalorado debate. Hace solo unos pocos días el director de una serie de películas para jóvenes que hoy dominan el mercado cinematográfico ('Guardianes de la galaxia') fue expulsado por Disney debido a unos tweets de años atrás donde parece ser que favorecía la pedofilia. Hace unos meses la protagonista del show 'Rosana' fue expulsada porque en esta misma red social hizo un chiste de mal gusto sobre los afroamericanos. Y en España todos recordamos a sujetos que han tenido graves problemas con la justicia por plasmar sus opiniones ofensivas en Twitter.

Todos estos castigos y sanciones responden a la aplicación de normas de régimen interno de las empresas o de la ley plasmada en el código penal, y aquí podemos entrar en arduas discusiones sobre los límites de la libertad de expresión, pero no es esta mi intención. Lo que quiero destacar es otro hecho: ¿por qué la gente no tiene ningún reparo en expresar unas determinadas opiniones y, tiempo después, cuando son 'cazados' gracias a éstas, se excusan diciendo que en aquellos tiempos no tenían las ideas claras o «cometieron un error», o «no quisieron ofender a nadie»? Muchos de estos francotiradores vejaron gravemente a personas, o defendieron causas innobles o vergonzosas que ahora se apresuran a denostar porque le ven las orejas al lobo o simplemente se han integrado cómodamente en el sistema y no quieren renunciar a sus privilegios.

Mi impresión es que este fenómeno forma parte de un proceso de comunicación social que revela un cambio notable acerca de la percepción de la cultura. No hace mucho tiempo el ignorante se avergonzaba de serlo, sobre todo si estuvo en su mano formarse y por pereza o mal juicio no dio ese paso; o al menos se guardaba mucho de exponer sus opiniones ante un público amplio que pudiera descubrir sus carencias. «Yo no sé de eso», o «esas cosas no las entiendo» eran expresiones que escuchaba con alguna frecuencia, y era mérito de ellos reconocer que no tenían un juicio formado acerca de un tema determinado.

Yo procuro seguir ese ejemplo, y decir «de esto no sé nada» cuando se me pide la opinión sobre temas para mí desconocidos. Por desgracia, hoy en día ocurre lo contrario: el ignorante celebra su mediocridad y, lejos de sentir reparos por ello, se ufana en declararlo en el espacio digital. Ya no me refiero únicamente a las expresiones ofensivas, sino al deprimente montón de opiniones sencillamente absurdas o falsas que muchas personas proclaman sin reparo alguno. Cuanto más tonto es uno, mejor, porque mi opinión vale tanto como la de cualquiera, y menos vergüenza tendré. Las redes sociales solo han puesto el amplificador a la devaluación de la cultura como expresión de un juicio ponderado, al alzamiento de la vanidad por encima del mínimo decoro.

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