HAY DOS VALENCIAS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

El domingo 26 de mayo, día de las elecciones municipales y autonómicas, se enfrentan dos valencias en las urnas, dos formas de entender no sólo la ciudad, su urbanismo y el funcionamiento de los servicios públicos municipales, sino también la política, la economía y hasta las relaciones humanas. Hay una Valencia que ve como normal que se celebre una ridícula cabalgata, revival de la que tuvo lugar hace más de ochenta años en la república y que incluía la exaltación de Stalin, un esperpento nostálgico que trata más bien de ser una provocación a los católicos que de crear una realidad paralela. Y hay otra Valencia que piensa que los no creyentes tienen todo el derecho a desmarcarse de actividades y festividades religiosas que no sienten como propias pero no están de acuerdo en que se ridiculice y parodie lo que para ellos es auténtico y para algunos sagrado. Hay una Valencia que comprende que la ciudad no puede permanecer bajo la dictadura del coche, que hay que favorecer el uso de medios alternativos y, sobre todo, fomentar el transporte público, pero sin perseguir a los automovilistas como si fueran el enemigo público número 1. Y hay otra Valencia que defiende que la transición de un modelo a otro de ciudad se debe hacer mediante el ordeno y mando, guste o no guste, con diálogo o sin él, por las bravas, sin tener en cuenta las necesidades de minusválidos, personas mayores, padres con bebés... Hay una Valencia que quiere que la plaza del Ayuntamiento sea un espacio ciudadano, de encuentro, que en Navidad, como en Fallas, tenga vida propia, pero sin convertirla en escenario de conciertos (que para eso hay otros lugares), mercadillo de venta de alcachofas, medias y camisetas o improvisado terreno agrícola sobre el que enseñar cómo se cultiva el arroz y luego se cocina una paella. Y hay otra que cree que todo eso aún es poco. Hay una Valencia cosmopolita, orgullosa de su pasado, consciente de su carácter y su papel en España como tercera capital, que aspira a eventos y acontecimientos que la destaquen sobre el resto de ciudades, sin tener que compararse con nadie y, sobre todo, sin corrupciones que acaban estropeando el mejor invento. Y hay otra Valencia provinciana, ruralizante, que vive en la permanente ensoñación de un pasado supuestamente feliz, agrario, localista, metido en sí mismo. Hay una Valencia bilingüe, que habla en castellano y valenciano y también quiere hacerlo en inglés, francés, alemán, italiano o en cualquiera de los idiomas de los miles de turistas que cada año llegan al cap i casal. Y hay otra Valencia que sólo se expresa en un valenciano catalanizado, de manual, no de cuna, impostado muchas veces, artificial. Todas esas valencias se enfrentan a cara de perro el 26 de mayo. ¿Con cuál está usted?

 

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