Efectos colaterales

Rosa Rodríguez
ROSA RODRÍGUEZ

En el top de los KPI ('indicadores clave de rendimiento', acrónimo en el argot de Analítica Web) en España se ha colado en estos días las variables de 'turnitin' y 'plagScan' que junto a 'tesis', 'máster', 'TFM', 'Sánchez', 'Casado' y/o 'Rivera' están revolucionando el flujo de tráfico online. La interacción entre esos parámetros aflora estadísticas de la sutil tendencia oculta en la expresión cuantitativa de la opinión publicada en la red, clave de bóveda para capitanear la opinión pública del siglo XXI. Al ritmo de la corriente de esos datos, como fuente principal estratégica, navega la legislatura dejando náufragos en cada trasluchada. Quid pro quo para ganar ventaja antes de atracar en el puerto electoral que España aguarda como quien espera a Godot.

El presidente 'doctor', con los pies de barro en el «lodazal» (sic), se ha lanzado a por el match point haciendo spoiler a Ciudadanos para «acabar con los aforamientos» abriendo el melón de la reforma constitucional. En el 'tête-à-tête' Sánchez-Rivera, Iglesias calienta por la banda izquierda mientras desde la derecha cuelga Casado, en diagonal con el Tribunal Supremo. En los escaños el olor a podrido de un Instituto de Derecho Público presidido por un catedrático investigado judicialmente ha activado el turbo de las trituradoras de currículos. No parecen preocupados porque el hedor esté destrozando la credibilidad de la Universidad Rey Juan Carlos, maltratando así a quienes con sacrificio han aprobado limpiamente, ni ocupados en tirar de la manta de la 'titulitis'. Únicamente se plantean una comisión para que comparezcan Cifuentes, Casado y Montón en orden de cola. A menos de que Ana Pastor quiera ser recordada como la presidenta del Congreso que introdujo el polígrafo en la cámara baja, seguiremos en un ballet de avestruces. Esa táctica de esconder la cabeza con la que los nuevos políticos resucitan el peor vicio de las glorias del bipartidismo a las que prometieron enterrar bajo la casta de la corrupción. La moraleja, tan sencilla como vieja, la explica George Lakoff en el 'Puntos de reflexión. Manual del progresista'. No le digas a alguien que «piense en un elefante» porque pensará en él todo el tiempo. En cuanto Richard Nixon dijo públicamente «no soy un delincuente», todo el mundo le imaginó como un ladrón.

Tras la segunda crisis de Gobierno en 100 días, hay una bola de nieve que sigue deslizándose con una ministra de Defensa en jaque ante la 'real politik' con la que Moncloa ha ratificado lo atado por el anterior Ejecutivo. Justificar la venta de 400 bombas a Arabia Saudí -acusada por la ONU de perpetrar crímenes de guerra contra Yemen- porque «no van a equivocarse matando» y no producen «efectos colaterales» es mentir violando cualquier frontera humanitaria de cinismo, si es que esta línea roja alguna vez existió en el 'establishment'.