METROPREDICADORES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Durante unos minutos, cuando esa pandilla de fanáticos religiosos asaltó un vagón de nuestro metro, Valencia adquirió contorno de poblacho sureño de EE UU de esos que se incrustan en el llamado 'cinturón bíblico'. Abundan en aquella zona perjudicados mentales que se aferran a lecturas retorcidas de la Biblia para extraer malsanas, indigestas conclusiones. Ojo por ojo y diente por diente y tal y tal. Tampoco faltan predicadores chalados que ofrecen ceremonias sujetando una serpiente de cascabel que simboliza el diablo. Hace meses uno de esos crótalos mordió al reverendo zumbado. El hombre murió. Dios lo tenga en su gloria. Estos adictos al proselitismo bárbaro provocaron pánico porque nuestro horno no está ni para bollos ni para bourbon. Flota el recuerdo de atentados sangrientos. De todas formas me fascinan los mensajes que lanzaban megáfono en ristre estos apóstoles de caspa y furia. Hablaban de pecado y de pecadores, de drogas y otros vicios y, cómo no, del infierno. Confundieron el metro con un after, qué inocentes. Portaban pasquines preñados de preguntas tramposas y chorras tipo: «¿Qué haría usted si este fuese su último día?» Hace años, un disparatado de esos me preguntó lo mismo cuando atravesaba la calle Colón. «¿Intentar echar un último polvo?», le contesté, que me pilló faltón y con prisa. Mudo se quedó y aproveché para desaparecer rápido. No confío en las personas que pretenden salvarnos de los males universales porque, en realidad, se ayudan a ellos mismos, a su empanada mental, a su aburrimiento de vía estrecha. Además son muy pelmas, mucho. Personajes tan pintorescos los encontrábamos en las novelas de Barry Gifford pero ahora empiezan a llegar por las cosas, supongo, de la aldea global. Ni en el metro nos dejan en paz... Ellos son el infierno de pertinaz tabarra, desde luego.

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