EL MINISTERIO DE LA VERDAD

Con la excusa de la justicia y la reparación de agravios, nos encontramos ante un ajuste de cuentas ideológico

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Ochenta años después del estallido de la guerra civil, cerca de un siglo pues, con casi todos sus protagonistas muertos, el PSOE de Pedro Sánchez a modo de brazo tonto de la ley quiere emular y contentar a los enemigos de la Constitución de 1978, independentistas y neocomunistas podemitas, con la creación de una Comisión de la Verdad sobre todo aquello. Nada menos que establecer una Verdad Oficial desde el poder político, cuando en una sociedad plural y democrática una verdad unánime es de por sí un contrasentido. En definitiva, quiere Sánchez hacer lo mismo que hizo Franco, imponer su versión de los hechos, no sólo en el debate público, sino con rango legal, para señalar y quizás perseguir a los disidentes. Cuando la verdad de la guerra civil con todas sus salvajadas está al alcance de cualquiera, a través de cientos de libros de historia y millares de documentos. No necesita descubrirse. Como tampoco sirve la referencia a Chile como justificación y modelo, porque allí no se mataron entre dos bandos enfrentados, ¿o es que no todos los muertos valen lo mismo?, porque inocentes, víctimas y verdugos hubo en ambos lados.

El tufo totalitario y el olor a sovietismo que desprende la iniciativa se advierte con más facilidad cuando comprobamos cuánto se parece al Ministerio de la Verdad orwelliano, ya saben aquel que se ocupaba de establecer lo que es falso y lo que es verdadero, allí donde los hechos eran definidos por el Estado: «El Ministerio de la Abundancia había prometido que en 1984 no se reduciría la ración de chocolate. En realidad, como sabía Winston, la ración de chocolate se iba a reducir de treinta a veinte gramos a finales de esa semana. Lo único que había que hacer era sustituir la promesa original por una advertencia de que probablemente sería necesario reducir la ración». Sí, el Ministerio de la Verdad, tan inspirador para ciertas ideologías y personajes, se dedicaba a actualizar el pasado de manera constante conforme a los intereses y designios del poder. Porque según la consigna del Partido, «quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado». Da escalofríos. Lo que vale para el Ministerio de la Verdad, sirve para entender su hermana menor sanchista, la Comisión de la Verdad. «En cuanto se reunían y cotejaban todas las correcciones consideradas necesarias en un ejemplar del Times, volvía a imprimirse el periódico, se destruía la copia original y se incluía la copia corregida en los archivos. Este proceso de alteración continua se aplicaba no sólo a los periódicos, sino también a los libros, las revistas, los panfletos, los carteles, los dibujos animados, las fotografías... y a cualquier tipo de literatura o documentación que pudiera tener el menor significado político o ideológico». Asombra que incluso un Pedro Sánchez tan cercano al populismo antes que a la socialdemocracia no vea que sus socios podemitas más que atacar al franquismo pretenden cuestionar la Constitución de 1978, la mayor fuente de convivencia y prosperidad de nuestra historia moderna.

Ilustración Sr. García

Con la excusa de la justicia y la reparación de agravios, nos encontramos ante un ajuste de cuentas ideológico. Un absurdo en términos de historia. Una cosa es remover al dictador del Valle de los Caídos y dotar de recursos a las familias de los represaliados franquistas para sacar sus restos de las cunetas y otra reescribir nuestro pasado y usarlo como arma de combate. Porque esto presenta dos graves inconvenientes. El primero, ya se ha dicho, es que la violencia fue recíproca. Las izquierdas revolucionarias asesinaron, fuera del frente, a no menos de 50.000 españoles. Y el segundo es que en efecto aquello no iba de buenos y malos; las culpas y responsabilidades fueron duales en un país sin clases medias ni cultura democrática. La república liberal y burguesa no llegó a asentarse. El alzamiento fue obra de militares y sectores tradicionalistas a los que se sumó media España como elección del mal menor frente al proceso revolucionario que directamente atentaba contra sus vidas (Gil Robles: «media España no se resigna a morir»). La legalidad constitucional también fue derribada desde unas izquierdas que promovían abiertamente la dictadura del proletariado. Como se suele pasar por alto, digámoslo aquí. El PSOE de entonces y el comunismo emergente (1) dieron un golpe de Estado contra la República en 1934 porque no aceptaron el resultado de unas elecciones limpias en las que el pueblo prefirió a las derechas, (2) montaron una huelga revolucionaria para impedir que gobernase la CEDA quien siempre respetó la legalidad republicana, (3) dieron otro golpe de estado en febrero de 1936 mediante la extorsión y manipulación electoral, (4) abrieron las cárceles y echaron a las masas a la calle como elemento de presión a la jefatura del Estado, (5) cerraron medios de comunicación, (6) practicaron un terrorismo callejero indiscriminado, (7) expoliaron el patrimonio cultural y religioso, (8) asaltaron la propiedad privada, (9) llevaron el caos y la indefensión a las zonas rurales, (10) y ya en la recta final un comando socialista secuestró y asesinó al jefe de la oposición después de ser amenazado de muerte en el Parlamento. Ya que a la izquierda tanto le gusta analizar el pasado con los códigos del presente, ¿imaginan que una noche sale de un ministerio un comando gubernamental para liquidar a Pablo Casado y Albert Rivera?; pues eso es lo que pasó entonces. Y dejemos de lado las innumerables checas, paseos y venganzas posteriores, una vez desatada la contienda. En definitiva, crímenes atroces a derecha e izquierda, sin que ninguno pueda hoy sacar pecho de aquellos acontecimientos. Recurriendo a un baluarte de los principios republicanos como Chaves Nogales: «yo era antifascista y antirrevolucionario... había contraído méritos suficientes para ser fusilado por los unos y por los otros... el futuro dictador de España va a salir de un bando o de otro de las trincheras».

Durante los cuarenta años de dictadura franquista, la izquierda además de ser perseguida, no pudo honrar a sus muertos. Una parte de los vencidos sufrió ejecuciones, persecuciones, cárcel, trabajos forzados y torturas; y todos los demás ostracismo y silencio en un régimen en el que no había sitio para ellos. La Transición fue un pacto de convivencia y reconciliación, desde la convicción de la responsabilidad compartida en la pesadilla de la guerra y la voluntad de superar odios y fantasmas fraticidas. Justamente porque nada estaba olvidado, sino bien presente en las conciencias de varias generaciones y en la memoria vivida e íntima. Llegaron la libertad, el constitucionalismo y las igualdades plenas. La izquierda ocupó su sitio y de hecho ha gobernado más tiempo que la derecha, gracias a una socialdemocracia predominante que cortó vínculos con el marxismo y los sesgos totalitarios, mientras el comunismo se volvía marginal. El franquismo acabó proscrito y residual, se desarrolló una derecha democrática mientras la izquierda gozó de un plus de prestigio público que llega hasta hoy. Se amnistió el pasado, el de todos, para no tropezar con la piedra de los fanatismos, por eso sorprende la coquetería del PSOE sanchista con los impulsos neocomunistas de los podemitas. Si ahora aflorara una ultraderecha política, la principal víctima electoral no sería el Partido Popular, sino los caladeros obreros del partido socialista. Como se ve en el resto de Europa.

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