Lamento de un pobre 'trabacacionador'

Desde que los móviles prestan tantos y tan variados servicios son muy pocos los afortunados que desconectan de verdad en la playa

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Cada año me sienta peor que acaben las vacaciones. De pequeño a veces daba ilusión volver al colegio, pero ahora se me hace una montaña reencontrarme con los viejos profesores y los compañeros viejos. Tal vez sea que me estoy volviendo un antipático, no lo descarto. O será que ya no descanso tanto durante el veraneo. Primero, porque es incomprensible que las fiestas de los papás sigan sin coincidir con las de sus hijos en edad escolar y que nos pasemos medio junio, julio y medio septiembre compatibilizando jornada laboral con vigilancia de bárbaros sin nada especial que hacer en casa (el campamento no deja de ser una solución parcial, que además añade «eliminar piojos» a la lista parental de deberes del verano). Pero, sobre todo, en segundo lugar, porque desde que los móviles prestan tantos y tan variados servicios son muy pocos los afortunados que desconectan de verdad en la playa. La mayoría nos pasamos el baño respondiendo al guasap o repasando el email.

Esta semana la Fundación del Español Urgente nos ha autorizado a utilizar el neologismo 'trabacaciones' para expresar la idea de trabajar en vacaciones y tornar extenuado. Pues bien, yo soy un desgraciado 'trabacacionador'. No sólo es que el celular, la tableta y el portátil me mantienen en contacto permanente con el despacho y sus múltiples angustias autoreferenciales. Es que al mismo tiempo los colegas que se quedan de guardia han perdido todo respeto por la sagrada holganza ajena y molestan con cualquier tontería del tipo: «Oye tío, ¿dónde has escondido los putos recambios de la grapadora?» o «Perdona bonito, ¿sabes si la jefa cena con los chinos el 31 de noviembre?». Y tú ahí, con las perneras del meyba enrolladas para que se te bronceen las ingles y dándole a la tecla del telefonito. A muchos infelices el síndrome del cansancio postvacacional se nos ha transformado en paranoia post y prelaboral.

En mi caso, debo incluir entre los perjuicios del trabacacionar el hecho de que los aeropuertos en agosto se encuentren tomados por miles de turistas despistados y su prole. Los que volamos por obligación circulamos por las terminales como tranvías por sus raíles, sin embargo, en vacaciones nos vamos tropezando todo el rato con tipos que miran al techo, señoras que se paran sin avisar y chiquillos corriendo. No hay vuelo a una «reunioncita para no perder el contacto» en que yo no acabe rodando por el suelo del aeropuerto. Mención aparte merecen esos caballeros adultos que en verano te encuentras con bermudas en la oficina como si fuesen la cara B de la distinción profesional.

Vivimos al revés. En realidad, sería mucho mejor 'vacatrabajar' que 'trabacacionar'. Esto es: tocártelos antes de que te los toquen, feriar más y currar menos. Otra prueba más de que lo de llevar teléfono móvil es la idea más estúpida desde los tiempos del llavero cortaúñas.

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