LA VIDA ES MÁSTER

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Pecar por exceso es moneda común cuando se inician las relaciones personales que pueden desembocar en buen puerto. Efectuadas las presentaciones, alrededor de la mesa esperando las viandas, esos encuentros primerizos vienen teñidos por la prudencia corporal y por la exageración verbal referente a nuestros méritos. Procuramos no sorber la sopa, renunciamos incluso a rechupetear las cabezas de las gambas (bueno, yo no, el caldo pardo como de alcantarilla tras una gota fría impide que mantenga la compostura), nos mantenemos tiesos sobre la silla como si nos hubiesen hincado un palo desde la retambufa hasta la garganta, nos limpiamos la comisura de los labios muy finolis antes de beber vino y masticamos cuidadosos con la boca cerrada y piñonera. Fingimos porque deseamos causar una excelente impresión. Naturalmente, la cumbre del vil simulacro estalla con nuestras palabras. ¿Roma? ¿Has dicho Roma? Ah... Me encanta Roma, por supuesto la Roma alejada del infecto circuito guiri... Recuerdo ese pequeño restaurante oculto, sólo para iniciados, en un callejón oscuro... Ah, menudos espaguetis con mejillones probé ahí, en ese templo de la autenticidad... En esas situaciones proyectamos otra persona que nada tiene que ver con nosotros, pero no importa, necesitamos seducir, ocultar nuestras miserias plagadas de chabacanerías íntimas, nuestras manías fruto de nuestra sesera desmochada. Esta misma querencia por aparentar se traslada al ámbito de nuestro currículum, de ahí la pertinaz manía por fanfarronear mediante el máster absurdo concedido por el amor al chanchullo de unas universidades salpimentadas de enchufes, endogamia y caradura. Siendo médico, nada menos, ¿qué necesidad tenía Carmen Montón de recurrir a un máster de martingala? Pues ninguna. Ninguna salvo el anhelo de epatar al crédulo prójimo.

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