CINCUENTA CÉNTIMOS

MIQUEL NADAL

Acudo el domingo al Rastro a la caza de libros, esos raros ejemplares que allí viven esperando el último rescate, como si estuvieran en el corredor de la muerte, y en ese viaje a uno le parece ser como alguien que en realidad procede al indulto de la memoria de los autores, no sea caso de vernos tirados en la acera nosotros mismos. No es el mejor lugar, pero aun así, el cazador todavía detecta entre bibliotecas vendidas de cualquier manera, como pasará con la nuestra, menudas adquisiciones que hacen de la mañana una delicia. Por cincuenta céntimos me compro el libro de Azorín, en la edición de Austral de 1940, 'El paisaje de España visto por los españoles', con el apéndice en el que aparece aquella frase que acompañaba a este periódico, y que me recuerda al olor de la tinta del huecograbado y a la memoria de mi padre en las mañanas de domingo: «En Valencia, el periódico más antiguo, el decano de los diarios, lleva ese título: LAS PROVINCIAS. Y es el órgano, tanto de la bella ciudad en que se publica y de su provincia, como de las otras provincias de Castellón y Alicante». Uno descubre esa frase y siente un modesto orgullo de columnista, de admiración por unos textos no superados, de reflexión sobre el paisaje y la naturaleza, de reivindicación también del paisaje de nuestra tierra, de las virtudes de las flores de la montaña de Alicante, de la hermosura de los montes sin árboles, sin los embozos, dice Azorín, de la vegetación profusa.

Emociona leer de qué forma, que hoy resultaría incorrecta, Azorín explica que España, en realidad acaba en la cordillera del Atlas, y su defensa de la profunda similitud entre una puerta en un blanco muro encalado en Alicante o en Marruecos. Las mismas higueras, los mismos colores blancos y azules, la descripción de los algarrobos, los olivares en los mismos bancales. Porque para Azorín, siguiendo al padre Feijóo, la inteligencia no es patrimonio de ningún pueblo, y si en África no crecen ingenios no será por el suelo y el clima, los mismos, sino por la falta de aplicación. Aunque rectifica y considera que acaso no es tanta la incultura. Lo que le lleva a Michel de Montaigne, siempre Montaigne, aunque me riña Pablo Salazar por mi francofilia: hay que separar la inteligencia de la erudición. Creemos ser inteligentes porque acumulamos datos, pero nos falta la criba de la inteligencia, la que proporciona el silencio y dudar. Cincuenta céntimos para leer la descripción de la vega de Valencia del cantar del Mío Cid, la huerta, «espesa es e grant», con una precisión enorme que hace decir a Azorín que los grandes autores clásicos tienen un sortilegio: «La imaginación, predispuesta, ve en un rasguño lo que no ve en largas y prolijas descripciones». Si yo mandara en algo, los textos de Azorín sobre nuestra tierra serían lectura escolar de esas que transforman y serenan la vida. Sólo hace falta medio euro.

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