LO DE MIAMI

MIQUEL NADAL

Comentar con sinceridad lo de Orriols del derbi me costaría tres o cuatro amistades que me estimo más que el prurito de la opinión. De ahí que toque comentar lo de Miami. Mis dos hemisferios cerebrales son como el doble rostro de Jano: uno con cierta tendencia al refinamiento, pero otro, felizmente dominante, cazurro y pragmático. No hay quien dé duros a cuatro pesetas. Debo ser muy estúpido como para no darme cuenta de la bondad de que pudiendo ir a Mestalla a ver un partido de fútbol, que es para lo que uno se saca el pase, haya que disputarlo en Miami con el pretexto de contribuir a la internacionalización de la competición. Intuir que el crecimiento del negocio será una manera como otra de hacer que la Pepsi y la Coca-Cola de la Liga incrementen aún más su cuota de mercado y se distancien del resto de equipos debe ser un ejemplo de mi miopía. Debo ser muy burro para no darme cuenta del gesto de generosidad que supone. En el fondo me suena como aquella anécdota, real, sensacional, que rememoraba Genovés II cuando fue pregonero de las fiestas de Moros y Cristianos de Oliva y recordaba cómo el padre de Waldo Vila, el del restaurante de La Paella, algún día engañaba a los niños cuando se los llevaba al campo con las tijeras. «Anem a collir embotit». Ristras de llonganisses i botifarres que previamente había colocado entre las matas. Aquello era genial, fruto de una personalidad humorística. Lo de Miami, una tomadura de pelo. Yo he estado un par de veces y podría vivir, ver a los Miami Heats, recrearme con las fachadas de los hoteles, ver jugar a cesta-punta. Paul Auster, en Sunset Park, decía que el sol de la Florida es un sol maquiavélico, un sol hipócrita, con una luz que no ilumina las cosas sino que las oscurece con su exceso. Yo no lo advertí. Por eso Paul Auster es un genio y yo un junta letras. La inteligencia me alcanza para comprender que la iniciativa no es más que otra muestra de la obsesión de los simulacros. La Oktober Fest en la Plaza de Toros. La Feria de Abril sin pisar Sevilla. La Feria del Producto Gallego en el cauce del Turia. Síntomas inequívocos de la enfermedad de la franquicia, que nos hace a todos comer igual, dormir en el mismo tipo de hoteles y hacernos fotos idénticas. Mestalla, Lasesarre, Pasarón, El Collao, El Clariano, la Condomina. Siendo todos lo mismo, todos eran diferentes. Nadie entendería el Pollos Asados Casa Cesáreo, ni la publicidad de Barrachina. Es el futuro, dicen. Será su futuro, digo. Lo revolucionario del futuro será acreditar que no compramos la mercancía averiada. Lo que hay que hacer es volver a la pataqueta de habas con longanizas. A las 10'30 y en Mestalla. Que le den a la analítica, al fútbol moderno, al 4-4-2 y a Tebas.

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