PABLO E IRENE

Ya decía Lenin que el movimiento obrero, separado de la socialdemocracia, degenera y se aburguesa

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Son la pareja del momento. Desbancados ya Amaia y Alfred, tras el batacazo eurovisivo, Pablo e Irene han tomado el relevo en la jauría tuitera. Dicho así, Irene y Pablo, parecen los Barbie y Kent de la familia real griega, pero no. No son primos de la Reina Sofía. Son Pablo Iglesias e Irene Montero, los aburguesados abanderados de la lucha contra la voracidad capitalista del Ibex-35. En las últimas horas nadie se resiste a decir lo suyo sobre la compra por parte de los dirigentes de Podemos de una casita en las afueras de Madrid por el módico precio de medio millón de euros. Cien mil arriba, cien mil abajo.

Yo tampoco lo haré. ¡Cómo callar cuando están calumniando a una familia en ciernes que solo quiere dar a sus hijos un futuro mejor! Así, al menos, han justificado su decisión ante la opinión exaltada de quienes les exigen coherencia con su crítica demoledora al sistema. Lo suyo no es especulación sino inversión, dicen. Tampoco es dinero sucio sino limpísimo, ganado en un trabajo honrado, apuntan. Faltaría más. Y nadie dice que no lo sea. Como en tantos y tantos casos de gente que se desloma de sol a sol y guarda sus ahorros para dejar a sus hijos e hijas un piso de 90 metros cuadrados. La diferencia es que en este caso no les da para un chalet de 600.000. Pero eso es solo un matiz irrelevante.

La cuestión es que, más allá de que en su vida y con su dinero pueden hacer lo que quieran mientras sea legal, su discurso demonizando el entramado bancario-especulador queda un poco desinflado con este movimiento. Los bancos, que tan denostados resultan en el discurso de Iglesias, se enriquecen precisamente con ese interés que Monedero ha rebajado tanto como para explicar en un tuit que una casa de 600.000 pavos puede pagarse con una humilde cuota de 500 euros al mes. Será per capita y diría que per perna (pierna, en latín), porque de otro modo no salen las cuentas.

De todos modos, no seré yo quien juzgue intenciones o catadura moral de quienes aspiran, como todo obrero, a ser burgueses. Nada nuevo bajo el sol. Ya decía Lenin que el movimiento obrero, separado de la socialdemocracia, degenera y se aburguesa. No digamos cuando la revolución en realidad es burguesa de origen. Como es el caso. Lo que a mí me preocupa es cómo lo estará viviendo la ex Tania Sánchez. No es machismo. Hablo de la ex de él porque fue dirigente de Podemos y primera dama antes que Irene Montero. Pero lo mismo podría decirse del ex de ella. En estas aciagas horas, nadie se acuerda de Tania y no puedo por más que solidarizarme con el papelón de ver ese discurso familiar en boca de la nueva pareja de su ex, a punto de compartir el rol de padres de mellizos. Eso suele fastidiar, admitámoslo. Sobre todo, si ella se hizo ilusiones con Pablo. Ver ahora a la pareja de moda convertirse en los Alcántara de la política española no deja de ser un trago. Pero la serie promete. Y más de una temporada.

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