MEGAN, LA ÚLTIMA PRINCESA

Viendo el relato de la boda parece que no haya pasado el tiempo ni las mujeres hayamos crecido y tomado conciencia

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

En el año de la reivindicación femenina, del #MeToo y de la exigencia de paridad en cualquier convocatoria, la boda se nos sigue presentando como el día más feliz en la vida de una mujer. Al menos, de una actriz que quiere ser princesa. Es cierto que, como espectáculo, la boda de Harry y Megan no tenía competidores. Era en directo; se veía en el mismo acto a gente famosa que no suele coincidir, e intentaba mostrar un cuento de hadas confiando en que sus receptores fueran como niñas a la vieja usanza, princesas que sueñan con seducir a un príncipe azul.

Sin embargo, con todo lo que ha llovido e incluso lo que ha cambiado el cuento, ver a una mujer dejar atrás su vida profesional para ser florero en una corte de otro tiempo es, cuanto menos, desconcertante. No termino de entender ese aplauso que se da en actos como el del sábado. Las mujeres luchamos para que se nos reconozca el mismo rol y la misma capacidad del hombre, pero luego vemos cómo se nos pone de ejemplo a una joven dispuesta a renunciar a sí misma para ser 'la mujer de'. La sensación es un 'dejà vu' barroco, cuando los empobrecidos nobles buscaban matrimonios con burgueses acaudalados para salvar su honra y, sobre todo, su patrimonio. En este caso, Harry otorga a la plebeya Megan la opción de formar parte nada menos que de la familia real británica. Un dulce demasiado tentador para algunos. Y lo peor es que se nos sigue presentando como un sueño hecho realidad con la diferencia es que ahora somos muchas las que nunca hemos soñado con casar bien ni hemos dedicado horas a pensar en nuestro traje de novia.

Todo el relato de la boda produce la misma inquietud cuando de la novia y de sus invitadas se destacan vestidos, joyas y sombreros mientras que ellos solo aparecen como acompañantes de las perchas de lujo que llevan al brazo. El ejemplo más claro es el de George Clooney. Una, en su inocencia, interpretó con alegría que la prensa ponía el acento, por fin, en Amal Alamuddin y no en su esposo, Clooney. Sin embargo, ese cambio de foco tenía un objetivo, insistentemente convencional: no pretendía reivindicar a la mujer sino su envoltorio; era el modo de comentar su modelito junto al de otras famosas.

Viendo el relato de la boda parece que no haya pasado el tiempo ni las mujeres hayamos crecido y tomado conciencia. Seguía el mismo patrón que cuando la televisión era en blanco y negro y resumía el flechazo entre Rainiero de Mónaco y Grace Kelly. Poco importa que la boda intentara ser moderna. Lo antiguo es la concepción del matrimonio como el estado femenino por excelencia. Urge algo más que romper el protocolo. Lo que necesita ser destruido es el estereotipo de la mujer feliz y plena. Ni requiere una pareja, ni pasa por la maternidad. Tampoco la de ellos necesita siempre la conquista de la chica más guapa del reino y que ésta le dé hijos. Feminismo también es eso, dejar los cuentos en las bibliotecas.

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