La bruja mala

Ha llegado el momento de pedir a nuestros políticos que legislen fríamente, pero ahora

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Los ejemplos contrapuestos que hemos visto estos días entre la supuesta asesina del niño Gabriel Cruz y la madre del pequeño, Patricia Ramírez, son el mejor ejemplo de que no es ni el género, ni la procedencia, la raza o la pertenencia a un colectivo lo que hacen de una persona un demonio o un ángel. Es el ser humano que hay en ella, sus valores, su sensibilidad, su humanidad o su carencia de todo esto. Decía la madre del 'pescaíto' ayer, antes del funeral, que lo sucedido había conseguido sacar lo mejor de todos y que «la bruja mala ya no existe». Ya no existe para Gabriel, pero sigue existiendo. Sea la que sea. Y, aunque es cierto que el trágico final del niño ha conmovido a toda España, dudo mucho que el referéndum que propone Irene Montero sobre la prisión perpetua renovable lo tenga ganado Podemos. Reprochan unos partidos a otros que «legislar en caliente» es aprovecharse del dolor ajeno pero pocas cosas sacarían más las tripas que un referéndum para decidir sobre ello. La democracia representativa tiene en eso, precisamente, un argumento a favor, a pesar de la crisis que vive: nuestros representantes no ejercen su tarea movidos por sentimientos de piedad, venganza o emotividad. Los ciudadanos decidimos en función de nuestros intereses particulares o ¿acaso no lo hemos hecho cuando el Ayuntamiento de Valencia nos ha permitido votar por Internet sobre algunas partidas presupuestarias? ¿Hemos pensado en las necesidades de la ciudad? ¿O nos hemos centrado en nuestro barrio, nuestra calle, los servicios que queremos para nuestro entorno, nuestra mascota o nuestros hijos? Si es así, es totalmente legítimo. Se me podrá reprochar que no podemos dar por buena la hipótesis de que nuestros representantes legislan en una burbuja, al margen de sus intereses de grupo, de partido o personalísimos en sus propias luchas de poder. Es cierto. Y es lo que conviene exigirles a todos ellos. Entre otras cosas, que legislen en caliente pero con frialdad. Decía Santa Teresa que en tiempos de tribulación no conviene hacer mudanza. En efecto, no debemos decidir sobre la prisión permanente revisable cuando tenemos el corazón encogido por el pececito de Almería pero la alternativa, por lo que estamos viendo en estos años, es la inactividad. O legislamos en caliente o lo dejamos en la nevera hasta el siguiente zarpazo del crimen. Así, pues, quizás ha llegado el momento de pedir a nuestros políticos que legislen fríamente, pero ahora. Eso no significa optar por la cadena perpetua mitigada pero sí plantear seriamente qué hacer con los casos en los que la cárcel no rehabilita y su salida de prisión comporta un alto riesgo de reincidencia. Ese tema hay que abordarlo. Sin emociones particulares ni intereses electorales. Ahí reside el problema. No es que sea en caliente o en frío. Es que siempre hay un beneficio que sacar de él. Así, la única que se beneficia sigue siendo la bruja mala.

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