BALTASAR PUIGDEMONT

¿Hay una forma mejor de reaparecer en España que salir en una carroza, quitarse el turbante y decir «Ja soc aquí»?

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Se nos escapa un dato de las cabalgatas de este año. Tan pendientes estamos de las distintas innovaciones, jolgorios y reivindicaciones que se nos va a despistar la incursión más importante de todas. Ni drags, ni jedis ni pocoyos. Como nos descuidemos, quien se nos va a colar en una cabalgata va a ser Puigdemont vestido de Baltasar y lleno de betún hasta las orejas. ¿Hay una forma mejor y más efectista de hacer su reaparición en España que salir en una carroza a la vista de toda la policía, llegar al ayuntamiento de Barcelona, quitarse el turbante y decir «Ja soc aquí»? Ni el retorno de la Pantoja después de su ausencia carcelaria.

Imagine la escena, el escandalazo internacional y la foto del negro que tenía el alma estelada. Ni Berlanga. Pero es que ya hace mucho tiempo que Puigdemont dejó a Berlanga por un existencialista dominado por el solipsismo y abocado al tremendismo. O sea, un soso sin gracia ni salero. Es tal su afición por la comedia que Aristófanes a su lado es un aprendiz. Así pues, lo imagino entrando en España por las montañas -dicen que no descarta esa posibilidad- haciendo la ruta contraria a Aníbal y con un camello en lugar de un elefante. Evidentemente no tiene por qué cruzar los Pirineos en camello; el animalito puede esperar en la Jonquera, que al fin y al cabo hace mucho frío por allá arriba y además daría el cante por lo inusual de esa especie entre la fauna local. El camello, digo. Lo de Puigdemont es más frecuente. Además, una cosa es ir en camello el día 5 en un entorno de compras de última hora, niños cazacaramelos y padres dispuestos a batirse el cobre por un sitio desde donde gritar a Melchor «venga, listo, tráele tú el robot de R2D2, que a mí no me da el sueldo» y otra muy distinta que un pastor o un esquiador vean a un señor en camello vestido de Rappel y cruzando de extranjis la frontera cual maquis del tarot de madrugada.

Una vez en España y convenientemente embetunado, la única duda de la Guardia Civil por la AP-7 sería si le da tiempo a llegar a Alcoy a paso de camello de segunda mano, y cómo es que los Reyes Magos andan también con recortes. Después sólo tiene que mantener la calma durante todo el recorrido y hacer su aparición como regalo inesperado para Oriol Junqueras. A partir de ahí tendríamos esa otra imagen que puebla sus ensoñaciones belgas, en la que se ve a la policía subiendo al balcón consistorial para detenerlo; la turba impidiéndolo y su foto de mártir en las portadas de todo el mundo al día siguiente. Al pobre Junqueras, mientras tanto, sólo le queda el papel de Herodes enviando a sus huestes a acabar con todos los Reyes Magos embetunados con tal de eliminar a su oponente político. El cuento cambiaría así un poco respecto a la historia original, sobre todo, porque Puigdemont no podría huir a Egipto esta vez. Si en Bruselas no le han hecho ni caso en este tiempo, no quiero ni pensar qué apoyo tendría de los Hermanos Musulmanes.

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