UNA REFLEXIÓN SOBRE LA CONSELLERIA DE TRANSPARÈNCIA

UNA REFLEXIÓN SOBRE LA CONSELLERIA DE TRANSPARÈNCIA

Lo único que el PP ha sido capaz de decir en tres años y medio contra la Conselleria que dirijo es pedir su desaparición. Se lo agradezco, pues da una idea de su inanidad intelectual y política. Pero cuando está acabando la Legislatura me animo a ofrecer una reflexión general sobre el asunto. Dejaré de lado que esa Conselleria también se ocupa de materias como la responsabilidad social, la cooperación internacional y la coordinación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible enunciados en la ONU. A estas últimas tareas -bajo la sombra de Blasco- se ha dedicado el 50% del presupuesto. Es opinable la conveniencia de algunas estructuras, pero desde la confrontación de ideas veraces y no desde los prejuicios. Lógicamente debo defender la pertinencia de mi Conselleria, aunque ya no se trata de argumentar, sino de presentar realizaciones.

La primera apreciación es que, posiblemente, la Conselleria no hubiera sido necesaria, con todo su significado, si el PP no hubiera hecho una política catastrófica, que no solo acabó asociada a la corrupción, sino que también se caracterizó por instalar el desorden en el centro de la política autonómica, con resultados bien palpables en asuntos como el despilfarro, el amiguismo o la opacidad. Si en algunos casos los niveles alcanzados eran incomprensibles en una institución democrática, en otros el desastre fue de tal magnitud que dificultaba el desarrollo mismo de una gestión ordinaria. Crear una Conselleria que evidenciara esa realidad, generara una arquitectura institucional específica, ayudara a mejorar la imagen de la Comunidad, sirviera para el diálogo con la sociedad y favoreciera la transversalidad en todos los departamentos en torno a estos objetivos, era la mejor opción. Y la más barata por eficaz. Algunas otras CCAA también lo entendieron así: Catalunya, Balears y Murcia -ésta con gobierno del PP-, optaron por crear Consellerias que en sus títulos incluyen la transparencia.

Una de las razones del PP para oponerse fue que serviría para perseguirles. El argumento demuestra el nivel de paranoia alcanzado por el PP valenciano, al tiempo que el curioso reconocimiento de que muchas cosas dejaron en los cajones y allí deberían permanecer, a la sombra. Algunas han salido de ellos. Pero nunca la Conselleria se dedicó a eso: basta comprobar normas, iniciativas o discursos para apreciar que la preocupación por el pasado ha sido marginal, salvo en el sentido de que había que evitar hechos tan conocidos como vergonzosos. En cambio todas esas acciones se han dedicado a controlar a nuestro propio gobierno, asegurando unos estándares de integridad que en este momento son envidiados en muchos lugares. De lo que se trataba es de construir «climas anticorrupción» que, con una mezcla de prevención y discurso ético proactivo, desanimara a tomar la senda de las malas prácticas. Esta estrategia persigue ensayar de renovadas maneras de recuperar el principio de la responsabilidad política, estableciendo autolimitaciones en la administración que hagan innecesario el recurso al Poder Judicial. Por eso también se desarrolló el Consell de Transparència que, pese a todos los problemas, ofrece una vía razonable al ejercicio del derecho individual a la transparencia o la Agencia Antifraude, que tiene la misión de efectuar investigaciones independientes pre-procesales para casos graves.

El sistema en su conjunto está comenzando a funcionar, asimilándose con normalidad por instituciones, medios de comunicación, asociaciones, etc. La mejor prueba es que el caudal de conocimiento público de la administración autonómica es infinitamente superior al disponible en cualquier periodo anterior. Otra cosa es que algunas de las informaciones accesibles no gusten o que, incluso, revelen funcionamientos alejados de los objetivos del propio Botànic. Pero la transparencia es también eso. Sobre todo es eso. No deja de ser irónico escuchar a dirigentes del PP acusarnos de falta de transparencia por algún hecho particular y al preguntarle cómo lo sabe indicarnos: «está en el Portal de Transparencia» o «está en un informe de la Inspección de Servicios»... Es la mejor felicitación que podemos recibir.

Con todo podría persistir la pregunta de si para todo eso es preciso una Conselleria específica. La respuesta, expuesto lo anterior, sigue siendo afirmativa por dos razones. La primera es que las cuestiones relativas a transparencia -y al buen gobierno, integridad, ética pública, incompatibilidades, etc.- «se sientan» en la mesa del Consell situándose al máximo nivel político y simbólico: no hay subordinación respecto de otras políticas. La segunda es porque el Conseller y su equipo directo, así, pueden ser controlados por Les Corts, medios de comunicación, etc., evitando la anomalía de que las cuestiones generales de transparencia puedan ser las que eludan mejor los principios de transparencia. Remito al lector a una pregunta sencilla: ¿quién es el responsable político directo de la transparencia y cuestiones conexas en el Gobierno del España? Nadie lo sabe con exactitud.

Una última pregunta: ¿y el futuro? Todo Gobierno introduce cambios para adaptarse a las necesidades que considera más perentorias y maximizar sus recursos.... o se adapta a la conveniencia de amigos del alma. La estructura actual no puede considerarse definitiva. Pero lo que es seguro es que marcará en las estructuras en un futuro Gobierno Botànic. El propio lenguaje cambiará: derrotadas las expresiones máximas de opacidad, la transparencia cederá el paso a conceptos más inclusivos como «integridad» y «gobierno abierto» que asocien el derecho de acceso a saber con el manejo accesible de datos de las administraciones, la participación ciudadana o el perfeccionamiento de mecanismos para la dación de cuentas. Estamos empezando un camino pero nos preparamos para la siguiente fase que se inscribirá en el convencimiento sereno de que, en una sociedad del cambio, la modernización de las administraciones y sus instrumentos serán constantes. Quizá podamos permitirnos convivir con dosis altas de dudas sobre el buen hacer de los políticos pero se nos acaba el tiempo para seguir desconfiando de la democracia: mejorar su calidad y hacerla perceptible es esencial.

 

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