Titulitis

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

No descubro nada si afirmo que contar con un título universitario, ser autor de una tesis o poseer un máster o un postgrado no es garantía de nada. Se puede estar licenciado en diversas materias y atesorar acreditaciones académicas y ser un completo incompetente. Oh, sorpresa. No es excluyente, para nada. Pasar por la Universidad no libra a nadie de actuar como un necio, ni implica que después vayan a desarrollar su profesión de manera brillante. He conocido a unos cuantos que terminaron la facultad con notas excelentes y después eran incapaces de mantener un discurso coherente, de resultar medianamente interesantes, o de trabajar con diligencia. Me he topado con mucho inepto con sobresalientes a sus espaldas. Y sobresalientes no regalados, me consta. Y también me he encontrado con no pocas personas sin una carrera cursada pero con conocimientos y habilidades que para sí quisieran algunos cerebritos.

Prepararse académicamente es más que aconsejable, no me malinterpreten, y un primer paso para lo que ha de llegar, para demostrar más adelante la valía y la perspicacia. Se pueden tener las mejores herramientas pero si no se utilizan adecuadamente no sirven para nada.

A pesar de todo esto la titulitis ha sido una enfermedad que ha corrido y se ha contagiado de manera imparable en nuestro país durante las últimas décadas. La inoculó primero una generación que en su momento no tuvo acceso a estudios superiores y proyectó en su descendencia aquello que a ellos les hubiese gustado acometer. Era un interés loable, sin duda. Todas aquellas buenas intenciones fueron enturbiándose y confundiéndose más adelante. Lo importante no era tanto prepararse bien, crecer a todos los niveles y adquirir los mejores conocimientos para desempeñar una tarea de un modo idóneo sino acumular títulos como quien almacena camisetas.

Desgraciadamente tenemos una clase política (no quiero generalizar pero ha habido casos más que notorios, es innegable) que ha sido ejemplo de muchos de los males que han asolado a nuestra sociedad en los últimos años, desde la corrupción hasta el maniqueísmo y el revanchismo. Y por supuesto también sucumbieron a la titulitis. A la peor de las titulitis, porque en su caso apilaron certificados por una cuestión de vanidad y encima con trampas en múltiples casos. Que levante la mano en el Congreso de los Diputados quien no haya falsificado, exagerado, manipulado o adornado su curriculum. Me parece que si se hiciese la prueba se alzarían pocas manos. ¿De qué les ha servido? De nada. Me atrevería a asegurar que ninguno de los que han sido señalados por sus expedientes dudosos vayan a pasar a la posteridad por sus magníficas gestiones. Lo único que han conseguido es desprestigiar y corromper el aprendizaje. Los conocimientos se labran, no se compran a golpe de talonario o de favores.