El dilema

JOSÉ MARTÍ

Nunca sabremos qué hubiera sucedido si en la última jornada el Levante disputara la tercera plaza del descenso con el Dépor. ¿Qué actitud hubieran adoptado sus rivales, Celta y Valencia, en ese doble enfrentamiento valenciano-gallego? Un amigo vigués, cantante y fundador del mítico grupo Esguinze de frenillo, me garantiza que, en caso de necesidad, el Celta haría todo lo que estuviera en su mano para contribuir al descenso de los coruñeses. Asegura que la afición de Balaídos abroncaría a sus jugadores en cada aproximación celeste al área contraria en busca del gol. ¿Qué haría el Valencia si con su empate o derrota frente al Deportivo pudiera enviar al Levante a Segunda? Piensen lo que quieran pero ningún granota duda que los de Mestalla, de no jugarse nada, tendrían un mal día y adelantarían sus vacaciones. Hay precedentes de su «germanor». Como cuando celebraron como un título su gol en el descuento que condenaba al Villarreal al descenso. No se lo reprochamos. Eso se llama rivalidad, aunque haya quien ni siquiera sea capaz de reconocerlo. En cualquier caso ese dilema morboso no va a llegar a plantearse (esta temporada al menos) porque el Levante seguirá en Primera sin necesidad de esperar al último acto. Tengan por seguro que al revés, los granotas no titubearían y se comportarían como los celtiñas. Este antivalencianismo es un sentimiento que no hay que tomarse muy en serio, como casi todo lo que tenga que ver con fútbol, por muy arraigado que esté en el sufrido corazón de los de Orriols. Muchos seguidores blanquinegros no terminan de entender la fobia generalizada en la grada del Ciutat hacia el vecino. Un hermano mío sin ir más lejos. «El Levante me cae bien y quiero que gane», me repite displicente con aire paternalista. Sin embargo, ni él ni su señora (apreciada y querida cuñada) pudieron reprimir una mueca indignada cuando otro hermano abrió nuestro regalo de cumpleaños para su hijo de un año: un equipaje del Levante. Se les escapó al unísono un ¡bah! condescendiente acompañado de una sonrisa, como sorprendidos de que se venda ropa granota. El Levante les parece un equipo menor, inferior. Ni siquiera digno de atención. Los grandes, o quien así se considera, ejercen un desprecio hacia el pequeño desde la atalaya de quien se siente y sabe superior. Acostumbran a ejercer una presión social monopolizadora, agobiante en los medios, sustentada en la mayoría de ocasiones en valores como la arrogancia y el desprecio al rival. Pregunten a los del Atleti o a los pericos, benditas minorías en Madrid y Barcelona. Al final, por mucho pique que haya, nunca hay que olvidar lo que escribía Benedetti: «Pese a los enfados y arbitrariedades, el amor al fútbol implica el reconocimiento del otro». No debería existir ningún dilema. Está claro. O no.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos