'Omertá'

El juicio está revelándonos que una Cataluña que suponíamos plural vivía en parte atenazada por el miedo, en parte movida por la complicidad con el poder

CARLOS FLORES JUBERÍAS

En Sicilia le llaman 'Omertá'. Ese silencio denso, viscoso, del que sabe mucho pero no se atreve a contar nada; del que vive con los ojos muy abiertos y la boca bien cerrada. Ese silencio embarazoso, asfixiante, que se abre cuando alguien es interrogado acerca de si vio alguna cosa extraña la víspera del crimen, o si pudo reconocer a quien se reclinaba sobre la víctima con el arma aun humeante en la mano, y en lugar de aprestarse a colaborar con la Justicia mira nerviosamente a un lado y a otro, acelera su paso, y musita temblorosamente un «yo no vi nada», «yo no oí nada», «yo no sé nada».

En su modalidad más evolucionada la 'Omertá' implica silencio no solo por parte del que no quiere hablar sino también del que no quiere que se hable. Es cuando uno puede ahorrarse la brutalidad porque el miedo es tan omnipresente que no es menester ni siquiera ejercerla; cuando la gente sabe que debe callar sin que nadie haya tenido ni siquiera que pedírselo. O mejor aun: cuando intuye que en ese gigantesco esquema de corrupción, también al que calla le tocarán algunas migajas.

En Cataluña no sé qué nombre recibirá, pero por lo visto durante estos últimos días en la sala de vistas del Supremo intuyo que la versión local de la 'Omertá' se encuentra allí en su más avanzado estadio evolutivo. Artistas gráficos que no logran recordar quien les encargó el trabajo que realizaron; impresores que aceptaron encargos millonarios sin preguntar quien los pagaría; transportistas que no sabían lo que llevaban en sus camiones; diseñadores de webs que ignoraban el destino de su trabajo; empresarios que no cobraron su trabajo y no sólo no lo reclamaron sino que siguieron contratando con la Generalitat como si tal cosa. Y todos ellos deponiendo con idéntico encogimiento de hombros, con similar gesto de fingida fatiga, con las mismas construcciones evasivas. Todos ellos con la misma capacidad de convicción del que jura no haber visto nada mientras unos zapatos ensangrentados asoman por debajo de sus cortinas.

Aun es pronto para saber qué consecuencias tendrá este sonrojante espectáculo para el desarrollo del juicio al Procés -y para el destino de los propios desmemoriados, alguno de los cuales igual acaba cambiando la silla de los testigos por la de los imputados- pero de entrada lo que nos muestra de la sociedad catalana resulta descorazonador. Porque revela una sociedad que suponíamos viva, participativa, crítica, plural y celosa de sus derechos en parte atenazada por el miedo, en parte movida por la complicidad con los mandarines del poder. Una sociedad donde a fuerza de tres por cientos y de jugosos patrocinios, de multas lingüísticas y depuraciones políticas, de contratos que se podían multiplicar igual que se podían evaporar, había alcanzado ese estadio de total abducción en el que nadie tenía que explicarle a nadie lo que el poder esperaba de él. Y lo que podría pasarle si se iba de la lengua.