Oler, amar

Arturo Checa
ARTURO CHECAValencia

Uno encara ya las vacaciones, y ya saben, se olvida del estrés, deja fluir las emociones, se relaja y abre la puerta de la nostalgia. Para mí este pasado fin de semana ya fue un adelanto. Para cualquiera, abrir la puerta de aquella habitación hubiera supuesto quizás un topetazo con cierto olor a cerrado, un deje de humedad y un toque viejuno. Para mí, entrar en el que fue el cuarto de mi abuelo Florentino, el que ahora es mi dormitorio, supuso dar en unos segundo un rutilante viaje al pasado. Curioso esto de los olores. El que para alguno puede ser desagradable, me llevó a mí a verme adolescente con el 'Blanco y negro' del ABC de mi abuelo en mis manos, la boina con visera (de mi abuelo) colgada en el respaldo de una silla y a mi abuela Marciana preparando un potaje con rellenos que ya quisieran Adrià y compañía. El poder emocional de los aromas no cesa de fascinarme. Su capacidad evocadora. Llega ahora un mes reservado a esa pasión. Oler, amar, sentir. Sin grandes aspavientos ni enormes dispensas. La verdadera grandeza de la vida. Sé que me repito más que los pimientos con esto de la 'nostalgia' (ninguno mejor que los de mi abuela Felicitas, por cierto). Pero ya ansío el instante en que el olor de las madalenas de Valera de abajo me traslade a las meriendas infantiles. El aroma de la cadena de la bici (esa que tantas veces arregló mi abuelo Demetrio) me haga viajar a los kilómetros y kilómetros a pedal entre colegas por las cuestas de Barchín. El dulzor de las almendras garrapiñadas en el tenderete de la fiesta del pueblo a los primeros besos furtivos. El sonido de los compases de la tarantela a noches y noches de risas, confidencias, miradas y gamberradas. Como digo cada verano: no me den yates, países exóticos, álbumes repletos de fotos en Facebook y vacíos trotamundos exhibicionistas. Denme mi pedacito de cielo en mitad de Cuenca, repleto de recuerdos, olores y libertad futura. Y feliz pequeña gran vida.