PARA OFRENDAR NUEVAS GLORIAS (I)

Lo de Cataluña va para muy largo y esa locura acabará por abrir oportunidades a otros territorios | Ese río revuelto da pie a la Comunitat para construir una nueva realidad gracias a la autoeliminación de un jugador principal

PARA OFRENDAR NUEVAS GLORIAS (I)
SR. GARCÍA
Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Con alta probabilidad, lo de Cataluña va para muy largo. Mucho. En los próximos años, los independentistas no podrán consumar el golpe constitucional y el Estado tampoco sabrá restañar sin nuevos daños y agravios la fractura en dos mitades llevada a cabo por el nacionalismo. La vuelta atrás sin más resulta imposible. La partida está en tablas, o sea, en la indefinición, la ambigüedad, el punto justo en el que dejan de tomarse las decisiones capitales y la sociedad queda a merced de una lucha estancada. Porque Cataluña no atraviesa sólo una crisis política o institucional. Seguramente ha entrado en una etapa nueva, un ciclo de cierto recorrido, caracterizado por alguna forma de decadencia de su cuerpo social y de su economía. Al menos temporalmente. La bronca de los ejecutivos alemanes al tal Roger Torrent en la mismísima Barcelona puede parecer una anécdota, pero no una tontería: indica un estado de ánimo, una alarma atronadora. ¿Cuántas empresas nacionales y extranjeras más pueden replantearse su presencia visto que la situación se prolonga y cuántas inversiones futuras se perderán por el camino?

La locura catalana va a acabar por abrir oportunidades a otros territorios. Y aquí quería uno llegar. A la ocasión que se te viene encima por un golpe de fortuna o la locura suicida de otros. Ante la cual cabe responder con un acto reflejo o visión cortoplacista: buscando cuántas empresas fugadas te caen en suerte y acaban pagando el IVA en la Comunitat (y con eso mejoran un poquito la hacienda pública y algo más ese orgullo valenciano tan abatido). Lo que apenas supone un impulso de rapiña, de logros contados. Bajezas aparte, casi sería la evidencia de que es un mérito que no te mereces porque ni siquiera puedes percibir que una jugada de tan largo alcance no va de que la Caixa de Fainé y Gual o el Sabadell de Oliú y Guardiola celebren aquí un consejo de administración al mes. Con tal visión, todo acabará en poco, y cuando esas entidades y otras decidan seguir sacando de Cataluña centros de decisión los llevarán derechitos a Madrid por razones obvias, sin dar explicaciones a los catalanes ni a los valencianos, porque el tiempo habrá preparado el terreno para la huida. Y puede que hasta la valenciana Bankia pase a serlo un poco menos, si se consuman los deseos anunciados esta semana por Goirigolzarri de proceder a la fusión con otro banco. Sería tanto como darle la razón a ese impresentable número dos de Junqueras, el exsecretario Lluís Salvadó, que tras su visita de hace unos meses a la conselleria de Vicent Soler dijo que los valencianos jugamos en tercera y sólo aspiramos a copiarles. La respuesta no debería conformarse con salir a pescar en el río revuelto catalán, sino en advertir que ese río revuelto da pie a la Comunitat Valenciana para construir una nueva realidad por sí misma, para tomar la delantera, gracias a la autoeliminación de un jugador principal.

¿Por qué no podría conseguirlo Valencia si ni Cataluña ni el País Vasco lo lograron por sí misma y sin ayuda externa? La superioridad económica de un territorio precisa de dos requisitos imprescindibles. El primero, contar con una base económica y social singular, un punto de partida potente, con un empresariado solvente y significativo y además suficiente acumulación de capital para acometer inversiones e iniciativas y ser atractivos al exterior. Y, segundo, es indispensable que el Estado crea en ti y esté convencido de que su apoyo político y presupuestario (a) resultará exitoso y (b) será provechoso y benéfico para toda la nación. Antes de que el País Vasco fuera una potencia siderúrgica, lo fue el sur de España con el talento y el capital de ciertas familias riojanas, alemanas e inglesas asentadas allí (los Loring, Gross, Huelin, Larios o Heredia) y un presidente del gobierno malagueño (Cánovas del Castillo). Y antes de que Cataluña tomara la primacía del sector textil lo controlaron esos mismos empresarios del sur, de esa tierra de aparente atraso agrario. Por razones que no vienen al caso, aquello se vino abajo. El despegue catalán, aparte de los méritos propios, pudo surgir gracias al descomunal apoyo del estado a lo largo de un siglo; al principio, con las férreas medidas proteccionistas que le blindaban las ventas y que curiosamente perjudicaban las exportaciones de los naranjeros valencianos. Después porque Cataluña fue la niña bonita del franquismo con fastuosas inversiones estatales que la convirtieron en la fábrica de España. No deja de llamar la atención, que el nacionalismo catalán estalló justamente con la crisis del 98, cuando su industria textil perdió los mercados cautivos de las colonias, a las que se les tenía prohibido comprar productos no catalanes. Y cuando, por cierto, Cataluña dejó de suministrar presidentes al gobierno de la nación. Desde Castilla, la crisis del 98 significó una pérdida simbólica irreparable, para Cataluña fue un lamento meramente pecuniario.

La Comunitat, contra lo que pueda parecer, cuenta con potencia sobrada para dar el paso. Su base económica es sólida, muy por encima de otras regiones. Con un centenar de empresas punteras de tamaño medio-alto. Con el formidable cosmos Mercadona, y su red de interproveedores que ha generado un sector agroalimentario específico, con capacidad para tirar ya por sí mismo. No se puede olvidar Consum, Air Nostrum, Balearia, Boluda y tantas otras enseñas. Y por supuesto la Ford y su parque empresarial netamente valenciano. Y el cañón comercial del Puerto. Y una docena de sectores industriales hipercompetitivos; con altísima innovación. Y un sector primario en la vanguardia continental. Y el impresionante motor turístico, maná de la modernidad. Y una legión de jóvenes alistados en pymes que se pasean por todos los aeropuertos del mundo buscando clientes, herederos de esa cultura viajera y exportadora que se remonta varias generaciones atrás. La cultura empresarial pervive con notable salud, está en nuestra cadena genética, y la masa de capital autóctono para acometer nuevos proyectos tampoco es despreciable. Cada treinta años, desde los tiempos más remotos, Valencia crea una nueva generación de ricos emprendedores. Unos caen y otros los sustituyen.

El primer requisito para dar el salto está acreditado. Falta el segundo, que el despegue valenciano se convierta en una cuestión de interés nacional. Aquí tenemos la madre del cordero. La opinión dominante, siempre a favor de la corriente y de los lugares comunes, asegura que eso es un problema porque Madrid es un adversario desconsiderado, el poder que no nos comprende. O sea, la matraca del partidismo político de siempre, apostando a la baza facilona del victimismo, porque cada cuatro años toca concurrir a las urnas, algo incompatible con los intereses del largo plazo. Una amarga actitud colectiva justamente contraria al exitoso impulso del valenciano cuando emprende acciones individuales. La opinión dominante nunca nos deja ver el bosque y sigue pensando en Cataluña como modelo, pese a su fracaso constatado. Cataluña jugó con Madrid a ganar cesiones para diferenciarse... para distanciarse... y alejarse de los demás. Para ser ‘otro’. Valencia debería aprender la lección y actuar conforme a su propio espíritu. Debería ganarse la colaboración del poder central para crecer y ser un modelo integrador, para situar el espacio y estilo mediterráneo como un referente de las cosas bien hechas del que surgen beneficios compartidos en toda España. En otro tiempo, se contó con los liderazgos de José Campo o Ignasi Villalonga para impulsar el crecimiento social, habrá que ver si ahora tenemos también empresarios capaces con visión y destreza para ejecutar un gran proyecto a diez o veinte años vista. Como decía el inolvidable Tip, la próxima semana hablaremos pues del seguidismo acrítico y los errores de perspectiva de nuestros dirigentes empresariales.

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