El ocaso del centro histórico

MIQUEL NADAL

Vi hace nada en la televisión un reportaje dramático sobre la muerte de Venecia como ciudad habitada, de la que huyen sus habitantes y tan solo se desplazan allí para abrir y bajar la persiana de restaurantes para visitantes y comercios con máscaras de carnaval fabricadas en China. Por cada cien maletas de turista hay una de un niño acudiendo al colegio. Juro que cuando acabé la carrera, aprobé la oposición y entré a trabajar en mi primer destino en la calle del Micalet, el centro histórico todavía conservaba cierto aroma de vida. No era comparable con el que habían conocido mis padres, en ese barrio del Carmen de antes de la riada de 1957. Hace treinta años uno vio un grupo de turistas y daban ganas de fotografiarlos. Hoy somos nosotros los figurantes. La vida es un camino hacia la decadencia. Puede explicarse a través de los éxitos pero también es un currículum de decepciones. Las palabras que no pronunciamos, las opiniones que nos callamos, el voto que no nos atrevimos a emitir, los libros que decidimos no escribir. Llegado a una cierta edad no vale la pena ni el silencio cómplice ni susurrar el malestar. Como peatón por València, un buen itinerario por la ciudad podría configurarse a través de las decepciones. Señalaba hace poco el maestro Puche la escasa fama de restaurar, conservar o mantener frente a la potente atracción de lo nuevo. Es de considerar el escaso apego que la ciudad ha tenido respecto de su patrimonio, sobre la belleza humilde, las placas de las calles, los lugares de la memoria donde nacieron, vivieron o murieron determinados personajes. Haría falta bien poco, como esos paneles que diseñó Philippe Starck, con Jacques Chirac como alcalde de París, explicando su historia. Tres décadas después, por ejemplo, la decadencia y el abandono del edificio de la casa del relojero forman parte de esas expectativas insatisfechas que intuyes que nunca se realizarán. Les covetes de los Santos Juanes, el Palacio de los Eixarchs, el edificio de la Plaza del Doctor Collado junto a la Lonja, el entorno de la calle Carniceros, Gobernador Viejo, tantos y tantos nobles, modestos o humildes edificios de nuestro centro histórico que pudieron albergar familias, pisos de estudiantes, centros universitarios, bajos con guarderías, talleres de tapicería o charcuterías y que ahora viven en exclusiva del alquiler turístico y de bicicletas o las tiendas de alimentación de conveniencia. Después de tres décadas de trabajo en el centro histórico, más o menos continuado, nunca he visto menos niños, menos sonrisas, menos colegios, menos hornos. Vivimos ya colonizados por las franquicias de la restauración, por la apariencia de que aquello es vida. Confundimos que algo está vivo con el hecho de que haya gente por la calle, y tiendas que pagan sus impuestos, pero el ocaso está ahí. La calle Quart, Caballeros, Derechos, añoran con melancolía las sonrisas de los niños.