Ana Obregón

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Ana Obregón no es buena actriz. Yo comprendo que ustedes leen esta frase y se quedan igual, y piensan incluso 'se creerá este que ha descubierto la pólvora'. No es el caso. Lo de Ana ya lo barruntaba yo, después de verla en series como 'Ana y los 7' u 'Hostal Royal Manzanares' y, lo que es peor, en películas como 'Policía' o 'La mirada del otro'. Lo suyo es el espectáculo, pero no la interpretación. Ni siquiera es creíble interpretándose a sí misma. Lo ha demostrado en la segunda temporada de 'Paquita Salas', donde los Javis le han regalado un capítulo entero. Y no lo ha aprovechado.

Si algo consigue esa serie -entre otras muchas cosas- es que haya personajes que con solo una frase se luzcan. Y si no que se lo pregunten a Sandra Escacena o Miriam Díaz Aroca, cuyas apariciones en este título son mínimas, pero muy bien resueltas. Pero la Obregón está más excesiva de la cuenta, más incluso de lo que esperábamos de ella. Y no deja de poner caras y de hacer gestos que te sacan del episodio totalmente. Y es una pena. Porque si algo tiene pillado 'Paquita Salas' es el tono. Se puede permitir excesos, es una sátira, pero si se pasa pierde la gracia.

Es quizá el momento más irregular de esta nueva tanda de capítulos de la popular representante, que ha llegado de la mano de Netflix. El espectador asiste al encuentro entre Paquita y Ana y teme que el éxito arrollador que tuvo la primera temporada haya cegado a los creadores y se dejen llevar por los cameos de 'celebrities'. Porque más no es siempre mejor. Ese segundo capítulo queda superado cuando uno continúa viendo las siguientes entregas y comprueba que 'Paquita Salas' va a más. Y se revela y reivindica como una oda a los fracasados, a los olvidados, a los derrotados, a los diferentes.

Los nuevos episodios son eso y mucho más. Es un retrato de una despiadada profesión, la del actor, que juega con los egos y las expectativas, y de una sociedad que quema etapas a un ritmo pasmoso y desprecia y aparta a quienes no se suben (porque no pueden, no quieren, no saben) a ese vertiginoso tren. Todo eso es Paquita. Y por eso perdonamos a los Javis lo de la Obregón y alguna cosa más.

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