OBJETIVO: HUNDIR LA FLOTA

ÁLVARO MOHORTE

Un largo chubasquero, la mandíbula apretada, los prismáticos sostenidos con firmeza ante los ojos y en la gorra de plato, el emblema de la Royal Navy. Así escruta los cielos y el horizonte desde un frágil espigón en la playa de Dunkerque el comandante Bolton. Tras él espera y desespera una interminable cola de miles de soldados ingleses y franceses para poder escapar del cerco al que les han sometido las tropas alemanas. Se inicia el verano de 1940 y la plácida ciudad vacacional es ese año uno de los escenarios más desoladores de la historia bélica.

Incapaces de presentar batalla, derrotados en todos los frentes y sometidos a las ametralladoras del Tercer Reich, el mar se había convertido en un paredón de fusilamiento a los pies del cual la disentería empezaba a causar más víctimas que el fuego enemigo. La menor sombra que hiciera intuir un barco de rescate avivaba la anémica esperanza.

El personaje que interpreta Kenneth Branagh en la película de Christopher Nolan (Dunkirk, 2017) es en realidad de suma de varios militares que comandaron la evacuación, como el capitán William Tennant, que, una vez embarcó a sus compatriotas, obtuvo el permiso para continuar en ese puesto y colaborar en la de los franceses. Este heroísmo incruento provoca admiración en mitad de las tragedias y se convierte en el último reducto de la civilización cuando la barbarie es la ley.

Sin embargo, es también su excepcionalidad, la poco frecuente confluencia de este tipo de personajes y esas circunstancias lo que suma profunda admiración a lo que, en principio, es el cumplimiento del deber. De hecho, tampoco es fácil descubrir en escenarios menos dramáticos referentes que inspiren confianza y insuflen esperanza.

Éste está siendo el caso de los empresarios valencianos que, bajo el paraguas de la patronal CEV, Cámara Valencia o los azulejeros de Ascer, observan la ofensiva que desde el Ayuntamiento de Valencia ha emprendido Joan Ribó contra la construcción del muelle de la ampliación norte (ya en la zona abrigada por los diques que se realizaron en 2012).

Cuando parecía estar todo ya rodado para valorar (y seguramente fallar en favor de) la oferta presentada por MSC para ejecutar la obra, el primer edil plantea tirar de las riendas en plena carrera contra las instalaciones de Barcelona y Tánger y exigir reevaluar el impacto ambiental de la acción.

Considera que el estudio que se hizo en 2007 para el inicio de las obras puede no vale ya para construir un muelle de mil millones que rentabilice además la inversión de 200 millones que significó el dique ejecutado entre 2008 y 2012. Desde el Puerto se segura que no sólo se retrasa todo, sino que se puede perder el capital de MSC. Indudablemente, dos pájaros de un tiro... si lo que se busca es ir a pique.