El nuevo Índice

Los clásicos nos hablan de otro tiempo, pero los niños no solo se forman con ellos. Es más, apenas se forman con ellos

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Me lo regalaron hace más de 20 años. Se titulaba 'Cuentos infantiles políticamente correctos', de James Finn Garner. Era un divertimento para adultos que procuraba denunciar el excesivo celo en vigilar las referencias culturales que encajan mal con los valores contemporáneos. Sin duda, uno de mis preferidos, publicado en un segundo tomo, era «la persona durmiente de belleza superior a la media», o sea, la Bella Durmiente. En él, la princesa despierta deseosa de casarse con el Príncipe para salir de su destierro pero él la venera tanto como maestra de meditación que la princesa exclama frustrada: «¡después de cien años, será posible que me toque un príncipe que no se interesa por lo físico sino por lo metafísico!». Yo no sé si este cuento sería admitido por el colegio que ha optado por el formato inquisitorial del Índice con los cuentos tradicionales pero he de confesar que en su momento me hizo mucha gracia. También, que Blancanieves me parece una cursi y que ahora veo a Heidi, a quien adoraba de pequeña, y me resulta insoportablemente ñoña. Pero lo importante es que, a pesar de haberme criado leyendo a Perrault, los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen ¡e incluso haber cantado con los payasos de la tele su «así planchaba, así, así» en versión políticamente incorrecta, oh my God, he salido feminista! O quizás por eso.

Que los cuentos clásicos transmiten estereotipos sexistas, racistas y muchos istas es indiscutible. Entre otras cosas, porque están escritos en épocas históricas con valores distintos a los actuales por lo que se refiere a las relaciones familiares y la estructura social. Pero también enseñan otros que se echan de menos ahora como la lealtad, el cuidado de los mayores, el respeto a los padres, el sacrificio, el comportamiento cívico y el amor a la tierra. Los clásicos nos hablan de otro tiempo, pero los niños no solo se forman con ellos. Es más, apenas se forman con ellos. El índice de lectura en España no debería inquietarnos por los mensajes que los adolescentes reciben a través de la literatura clásica. Son otras las fuentes de perpetuación de los clichés sexistas. Sin duda, la Cenicienta es clasista pero el Rey León, también, y la mayoría de influencers que presumen de vestir ropa de marca, más aún. Las Princesas Disney son un horror que hacen creer a las niñas que su función en la vida es encontrar al Príncipe Azul, pero el reggaetón lo reduce a conseguir un juguete sexual y la Historia de la Ciencia convencional que solo incluye entre las mujeres a Marie Curie -y porque va con el marido-, contribuye más que aquellas a excluir de los roles femeninos los vinculados a grandes aportaciones intelectuales. Ojalá los jóvenes leyeran tanto que nos preocupara la Dulcinea del Quijote o la Margarita Gautier de Alejandro Dumas. Que lean. Que lean mucho. Que lean todo. Que no dejen de leer. El peligro no es el clásico sino la ignorancia.