El nuevo empresariado se apoya en el Rey

Salvador Navarro se legitimó definitivamente el viernes como el presidente de toda la patronal

Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Cuando José María Aznar hizo su primera visita presidencial a Andalucía, Manuel Chaves le dio una pública bienvenida y la respuesta no pudo ser más cortante. Algo así como vengo a mi casa porque Andalucía es parte de España con lo cual está de más que usted me reciba como a un invitado siendo yo presidente del gobierno de todos los españoles. Un desdén sin duda exagerado a lo que no era más que un gesto de cortesía, pero con un fondo de razón política indudable, que nos sirve para encuadrar los numerosos viajes recientes de Felipe VI a esta tierra. En la época de vino y rosas, los reyes de España vinieron con notoria asiduidad a los grandes eventos por entonces imperantes. Luego esto se rompió de golpe y si te he visto no me acuerdo, por los problemas reputacionales de la Comunitat Valenciana y de la propia casa real, que llegaron incluso a converger a través del yerno Urdangarin, hoy (no lo olvidemos) preso en una cárcel del Reino de España (enorme evidencia de la grandeza de nuestro estado de derecho constitucional).

Han pasado los años, la Comunitat ha dejado atrás o en proceso de resolución judicial aquellos episodios y la corona por su parte tiene un nuevo portador. Con lo que el Rey vuelve a pasearse por el Reino de Valencia. Se nota la voluntad de hacerlo a través de la palanca de la sociedad civil, del empuje vital de los agentes de la actividad productiva, de los empresarios. El viernes recibió el premio más insigne con el que contamos, tras los Jaume I y los del 9 d'Octubre, el galardón a la Convivencia Manuel Broseta. El Rey está a gusto aquí, el calor de la calle es igual que el que recibe en Valladolid, en Santander o en Sevilla, igual. Y también dentro del recinto de las instituciones, pero contenido por la presencia del sector antimonárquico podemita y compromisero. Al finalizar el acto alguien gritó un lacónico «viva el Rey» que fue seguido de algunos vivas, no muchos ni muy sonoros; pero es verdad que sí hubo aplausos efusivos y reiterados al monarca. Pero por la tarde se notó la sutil diferencia entre las autoridades y el pueblo llano. En el 41 aniversario de la CEV celebrado en Alicante ante más de mil personas, ese «viva el Rey» espontáneo fue jaleado con mucho más fervor y ganas. Una señal, un aviso para ciertos gobernantes de la izquierda tripartita: Alicante es como Valladolid, Cantabria o Sevilla, por mucha ingeniería ideológica que pretendan injertarnos.

Estamos en que el Rey está dando un apoyo inequívoco al mundo empresarial valenciano en su regeneración. Estuvo en la entrega de los Jaume I, que no quedan muy lejos del entorno de AVE, estuvo en la noche de la economía valenciana de la Cámara de Comercio y estuvo finalmente celebrando la nueva etapa de la CEV. El viernes, de alguna manera, culminó el cambio radical sufrido por ese poder factico que sigue siendo la patronal, si bien venido a menos, como todos los mediadores sociales en la posmodernidad digital. Recordemos brevemente que el poder empresarial convulsionó con la crisis y sobre todo con los casos de corrupción que asolaron la Comunitat. De ahí que no pudieran ser muy exigentes ni ponerse como ejemplo ante el devaluado mundo político. Casi todos los estandartes que tocaron los empresarios por activa o por pasiva, también se vinieron abajo: la patronal de Castellón, la patronal de Alicante, la patronal autonómica, Feria de Valencia, la SGR, Banco de Valencia y Bancaja, aparte de varias docenas de notorios empresarios imputados en las distintas variantes de sospechas judicializadas.

De toda aquella amalgama, apenas quedan dos instituciones con fuerza real. El lobby de los grandes empresarios de Juan Roig y Vicente Boluda, caballo ganador de toda esta crisis de representación, y la CEV de Salvador Navarro, saneada y con la incógnita de qué será capaz de construir a partir de ahora. Lo demás, ceniza. Queda al margen la Cámara de Comercio de José Vicente Morata, que con habilidad ha sabido reorientar su función hacia una entidad de servicio y análisis. La Cámara es, si acaso, sólo si acaso, el único organismo con cierta orientación al pequeño empresario o pyme. Mientras que la CEV cada vez se parece más a AVE como espejo de las grandes empresas y AVE a su vez ha entrado en una dinámica de patronal clásica con ansias de exhibición, aunque reconociéndole el diferencial de no percibir dinero público.

Salvador Navarro se legitimó definitivamente el viernes como el presidente de toda la patronal. Lejos de la imagen habitual del empresario. Un currante que se precia de serlo, como se vio en la comentada entrevista de corte personal publicada hace pocos meses en Revista de Valencia: se casó pronto, sin apenas estudios, trabajó a destajo desde abajo, aprendió, se fijó mucho, se preparó por su cuenta, aprovechó las oportunidades, tomó los mandos, creó empresas y luego tocó el cielo. Según el tópico yanki, salió de la nada y se hizo a sí mismo, pero además no quiso reinventarse ni cubrir su biografía. Salvador es como en la mítica película 'Érase una vez en América', cuando uno de los colegas acusa al protagonista de que sigue llevando encima la peste de la calle le contesta aquello de que «me gusta ese olor, me ensancha los pulmones».

Navarro es obstinado, maneja unas pocas ideas claras, tiene un tono de voz monocorde, pinta discreta y aparenta a primera vista menos de lo que vale, pero se sigue fijando mucho y eso, es obstinado. Ha logrado su primer reto, un reto que parecía imposible para cualquiera, integrar los sectores alicantinos dentro de la CEV. A fuerza de persistencia, de empeño, de gastar mucho tiempo y muchos viajes y por supuesto de ciertas concesiones, incluyendo algún dinero. Pero el viernes los alicantinos presentes en el acto daban por ganada esa batalla («la CEV ya lo es todo aquí, Navarro se lo ha trabajado mucho con una labor de zapa y ya no se ve esto como algo valencianote»). Un éxito para el que se ha dedicado casi en exclusiva en los dos últimos años, pero es un trabajo de legitimación interna, de puertas adentro, de clan. Ese logro se consolidará el día que un alicantino suceda a Navarro al frente de la patronal autonómica, en ese sentido todos ponen la vista en Perfecto Palacios.

Queda el trabajo externo, la reputación, demostrar para qué sirve la patronal y cómo ve la sociedad su función. Ahí residen justamente dos asuntos críticos. Valga el siguiente aviso: lo peor que le puede pasar a un periodista es que te tomen por un político encubierto; por las mismas, lo peor que le puede pasar al presidente de la patronal es ser percibido como un conseller más del gobierno autonómico de turno. Casi todos su predecesores (la mayoría) cayeron en ese error. Navarro, a veces, también. Para evitarlo tiene un buen modelo en el nuevo presidente de la CEOE, Garamendi, sus actos y sus palabras denotan autonomía y criterio propio respecto al poder político. La CEV estos años, como en otros momentos, se ha significado más por alinearse con las demandas territoriales del gobierno autonómico que por discrepar y ser una voz crítica de las políticas abiertamente contrarias a la actividad económica y empresarial. De ahí ha germinado un recelo irresoluble con el PP de Isabel Bonig. El otro reto está en no parecer tampoco ser la marca blanca de AVE, otro hacendado. El runrún en este sentido es grande, máxime cuando acaba de alquilarle al lobby parte de las instalaciones de la antigua Cierval y después de entregarle la exclusiva de la campaña en favor del corredor mediterráneo. En definitiva, este runrún se basa en el tópico de lo alargada que es la sombra del ciprés, pero el futuro está por escribirse y Navarro es un tipo obstinado.