NOSTALGIA EN EL PPCV

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Los partidos perdedores son ingobernables. La depresión por la derrota se instala en las bases, en la militancia, en los cuadros dirigentes. Aparecen los agraviados, los cargos que han sido defenestrados porque toda organización política necesita un mínimo de renovación, de caras nuevas, sencillamente porque ha llegado su hora y tienen que dar paso -a su pesar- a gente más joven que reclama una oportunidad. El ambiente se enrarece, los corrillos y los rumores se multiplican, hay menos dinero porque hay menos diputados, con lo cual hay menos recursos para contratar asesores. Pasar del poder a la oposición para un partido de gobierno es traumático. Y si el doloroso tránsito se produce tras más de dos décadas tocando poder, el trauma adquiere la condición de pesadilla. La travesía por el desierto está asegurada y no todo el mundo está dispuesto a aguantarla. Surgen entonces los adoradores del becerro de oro, los que renuncian a su fe y a sus creencias con tal de pasar página y llegar a la tierra prometida. En política, el becerro de oro puede ser un líder veterano, más que amortizado, que se resiste a la retirada, o puede ser un prometedor alcalde que ha obtenido un muy buen resultado en su pueblo, lo que al parecer le otorga una especie de sello de garantía. Nada de lo que le sucede ahora al PP de la Comunitat Valenciana y de lo que le va a suceder en los próximos meses e incluso en los próximos años es muy distinto de lo que padeció el PSPV hasta que en 2015 Ximo Puig alcanzó la Presidencia de la Generalitat con el peor resultado electoral de la historia del partido. Durante veinte años, los socialistas consumieron secretarios generales y candidatos (Romero, Asunción, Pla, Alarte...) hasta conseguir regresar al Palau gracias a la coalición con Compromís y Podemos. Los populares valencianos no encontrarán la paz orgánica hasta que recuperen el poder autonómico, dentro de cuatro, ocho, doce años, los que sean. Pero la mejor fórmula para alcanzar ese objetivo no parece ser la del viaje nostálgico a un pasado más o menos glorioso (según cómo se cuente la historia) que no volverá. Los convocantes de la cena de esta noche tienen todo el derecho del mundo a reunir a los militantes disconformes con Isabel Bonig y a reivindicar la figura histórica de Camps, aunque con ello lo único que van a conseguir es enrarecer aún más ese ambiente semidepresivo en el que vive la otrora poderosa organización valenciana. Hay algunos 'referentes' del PPCV que se resisten a aceptar que su tiempo pasó, que la política no debe ser una ocupación para toda la vida y que la nostalgia no es una buena receta contra el malestar que atenaza al partido sino el comodín al que se agarran las personas de cierta edad cuando el presente ya no es de su agrado.