La Noción del Tiempo

RAMÓN PALOMAR

Superado con holgura el meridiano de este mes nebuloso y ardiente, por fin algunos alcanzamos el momento del bendito desconcierto cuando, al abrir los ojos por la mañana, ignoras en qué día estamos. ¿Qué día es hoy? ¿Martes, jueves, domingo? Cavilo un rato atrapado por unas dudas exentas de angustia, entre el sopor y la pereza, pero sólo cuando compro el periódico y veo la fecha averiguo a ciencia cierta el día.

No resulta fácil aterrizar en ese limbo. Para encapsularse de tal manera se requiere paciencia, capacidad para extraer provecho del injustamente denostado aburrimiento y una suerte de exquisita tolerancia que impide el descalabro mental ante cualquier situación estresante del tipo «se ha roto la lavadora». Pues no se lava hasta que traigan otra y ya está, menudo problema... Las primeras jornadas de las vacaciones vienen lastradas por la interminable temporada laboral y el chip curriqui, llamémosle así, todavía irriga nuestra corriente sanguínea, pertinaz e insolente. Pero cuando transcurre una semana empapada de laxitud nuestras moléculas se van apoltronando como ese viejo político que salta de cargo en cargo. El relax avanza como las tropas blindadas de Patton hacia Bastogne cuando la batalla de las Ardenas y, de repente, por fin has logrado la inmersión de perrería que destroza las reglas tradicionales del espacio-tiempo; esto es, por fin pierdes la noción del tiempo y ya sólo percibes antes tus narices un carrusel de rutinas absurdas que te encantan porque no arrastran ningún marrón, ningún esfuerzo, ninguna decisión. Difuminadas las fronteras temporales te zambulles en otra fase de asco y plenitud, y entonces irumpe una pregunta clave, la de «¿podría yo vivir siempre así, con tan formidable desahogo si fuese millonario?» Siempre no lo sé, pero un par de años no digo yo que no...