DÍA Y NOCHE

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Supongo que era una mujer adelantada a su tiempo. Por su humor y tolerancia. Y por sus expresiones. Su hijo era el único que disfrutaba de un utilitario de cuarta mano, lo cual le otorgaba no sólo incuestionable liderazgo en la pandilla, sino el poder para reunirnos al resto cuando salíamos a sangre y fuego el sábado por la noche. «Míralos, míralos que pajaritos son y a saber dónde irán...», nos decía esa madre desde el balcón, sonriendo, mientras marchábamos ufanos buscando aventuras tontas. Cuando regresábamos con el sol triturando nuestras entrañas, seguía en ese mismo balcón: «Anda, ya han vuelto, míralos míralos... por la noche leones y por el día cagones...». Desde luego, admiraba su desparpajo. Supongo que sentarse en el banquillo frente a los circunspectos jueces provoca cierto temblor de piernas y una suerte de canguelo general. El horizonte de sombras y barrotes allá incrustado en el chabolo difumina los ramalazos heroicos que brotaron risueños cuando se jugaba en casa con el árbitro comprado. El valor se nos supone, pero cuando llega el momento de la verdad el acero se torna blandiblup porque las consecuencias en la vida real chocan contra el precio que se asume. La característica más común de los que desfilan frente a los jueces del asunto que nutre nuestras jornadas es la de mostrar una docilidad pachorra que contrasta con aquel tumultuoso aquelarre. La culpa es del de arriba, ya avisé que esto era un desacato y yo no sabía nada porque sólo pasaba por allí son las respuestas habituales. Pero estuvieron, y muy bravos. Y su mala cabeza les nubló la razón y olvidaron lo que representa enfrentarse a esa apisonadora que es la maquinaría de la administración con su artillería de leyes. Por eso recuerdo tanto la frase escatológica de aquella madre: «Por la noche leones y por el día...».