Neoturismo

MARÍA RUIZ

William Hurt no sería escritor de guías de viaje si «El turista accidental» se rodara hoy. El protagonista debería ser bloguero o tener una cuenta en Instagram con miles de seguidores para contar cómo conseguir el mejor croisant en París o dónde hay en el East Village de Nueva York un restaurante ucraniano que abra las 24 horas (Veselka se llama, por si alguien quiere ir).

Algunos tratan de buscar lugares pintorescos, pero al final, el mundo y las vistas singulares son finitas y, por lo tanto, acaban siendo repetitivas. Los canales de viajes organizan las mismas rutas para distintos turistas, que eligen los desplazamientos guiados por reclamos online. Las capitales europeas desaparecen en temporada alta. Se difuminan. Quedan ocultas bajo hordas de personas en zapatillas, bermudas y teléfonos móviles, ajenas a que sus smartphones son un filón de datos basados en su geolocalización para seguir siendo atraídos con nuevas llamadas en sus pantallas.

Los viajeros de hoy tiene un visor de Instagram en los ojos, se mueven según los impactos que les llegan a su móvil o las búsquedas que realizan en webs. La globalización es la diosa en el mundo del turisteo que busca cómo hacer la foto de la Estatua de la Libertad que aún no ha hecho nadie o el ángulo inédito de un 'apple strudel'. La creatividad está en todas partes. Dijo Jean Cocteau que sabía que la poesía era indispensable, pero no sabía para qué. Quizás el genial surrealista creyera hoy eso mismo de unas redes que recogen millones de imágenes y comentarios. Simplificando y eludiendo cualquier ínfula sociológica, no son más que una gran masa de egos concentrados en 280 caracteres y millones de fotos bonitas.