LA NECESARIA LECHE

Mª ÁNGELES ARAZO

Cada vez que escucho que el 20% de los niños no puede tomar la alimentación completa diaria, a pesar de los centros sociales y lugares benéficos, siento una gran amargura; y recuerdo pasajes con semejante penuria. Así, como una visión nebulosa en grises, me acude al pensamiento la imagen de mujeres que llevaban como unas cestas metálicas llenas de botellines.

Sus figuras tenían algo de ilustración para una historia triste, pero real. Sostenían la dádiva de la Gota de Leche, la ayuda de la fundación altruista creada en 1809, en Francia, que en España empezó a regir a partir de 1906, para ayudar a la infancia necesitada. La leche suplía a la materna; se trataba de transformar la leche de vaca, que se pasteurizaba, desnatada, centrifugaba y esterilizaba.

La Gota de Leche en Valencia estaba instalada en la calle Colón, en el tramo que media entre la plaza de Los Pinazo y la Glorieta; y había fijado un horario para no desatender la obligación de la buena crianza que daban aquellas mujeres envejecidas, cuyos pechos habían amamantado a demasiados hijos, tantos que se habían secado para el último, el que ya no se deseaba, pero que acariciaban más.

En esa calle de Colón en la larga posguerra, junto a la Gota de Leche, existía un local de intendencia militar y una casa de socorro elemental cuyos practicantes fumaban y charlaban sentados a la entrada, a los que se añadía algún amigo, apenas se iniciaba el verano con noche calurosas, húmedas.

El tiempo se lo llevó todo, ese mundo nocturno, útil y provinciano, pero siguen en otras calles, en otras pequeñas plazas, a la luz del día, amas de casa y viejos que van en busca de alimento a los comedores sociales -y no digamos de la Asociación Valenciana de Caridad-.

Ante la pobreza, la gente está más concienciada que una o dos décadas atrás, pero aún falta borrar en la maldita estadística que de cuatro niños valencianos, uno se queda sin desayunar, o sin merienda o sin cenar.

 

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