NAUFRAGIOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Mencionó la ministra el Titanic y destapó la caja de las cuchufletas. Aquel paquebote de orgullo insumergible, el mejor spoiler de la historia, como quien dice, acabó en el fondo del mar. Mal símbolo pues para que una ministra del gobierno se agarre a ese flotador como una socorrista ultracongalada. Pero morder fuerte el solomillo que representa un fallo tonto resulta demasiado fácil. Apelar al Titanic y a esa orquesta suya que se supone (eso cuenta la leyenda, yo no estaba allí) rascaba melodías mientras las vías de agua devoraban el barco revela, en primer lugar, abrazar una enorme cursilada del gusto de la masa que vibró con el empalago entre ampuloso y acuoso dirigido por el astuto James Cameron. A la ministra la película, y la insufrible melodía que la acompañaba, se le antoja bonita, pero como diría Louis Ferdinand Céline no es sino la felicidad al alcance de un caniche. Anclarse al Titanic y su linda, almibarada historia de amor, le permite sin duda empatizar con los millones de fans de ese monumento al folletín más chato. En este sentido lo que uno constata es la progresiva degradación de los referentes que usan nuestros políticos. No se atreverían a recurrir a Charlie Parker, Wagner o Quevedo; pero sí a Bisbal, María del Monte o Dan Brown. Desasnar al ciudadano desde una actitud exenta de pedanterías debería de ser una de las misiones de nuestras clase política, pero sienten un temor profundo porque intuyen que cualquier rastro de sabiduría, de buen gusto, de sensibilidad, puede volverse en su contra con el veneno de una alimaña. Por lo tanto rebajan el nivel para fingir que son tan vulgares como un enganchado a los catódicos tarotistas nocturnos. Tanta cobardía aplasta y, desde luego, entristece. El Titanic. Hasta el caniche saldría huyendo ante el naufragio de lágrimas facilonas.