NARANJAS DE MESA, NARANJAS DE ZUMO

VICENTE LLADRÓ

En el lineal de frutas de un supermercado, mandarinas a granel de la variedad Clemenvilla; sin embargo, en el cartel de arriba figuran como Clemenules. Vamos a otro de la misma cadena, por curiosidad, y se repite la historia. ¿Un error que se repite? Se lo indicamos a un dependiente. Pone cara de duda. ¿Este cliente se estará quedando conmigo? Él no sabe, hace lo que le dicen; tampoco es el responsable del cartel. Se limita a reponer ordenadamente las mercancías. Para él son mandarinas, o naranjas. También para la inmensa mayoría de los clientes. ¿Qué más dará si son galgos o podencos, cuando se ve claramente que son perros? Al lado, donde están las naranjas, pone unas son 'Naranjas de mesa' y sobre otro montón 'Naranjas de zumo'. Preguntamos por la diferencia y nos aclaran que «estas son de zumo y aquellas son más apropiadas para comer, o sea, para la mesa». ¡Ah!, pues todo aclarado.

No son errores aislados, ni siquiera esporádicos; se repiten constantemente y demuestran la nula cultura naranjera que existe en los puntos de venta final, sobre todo con la masificación actual de las cadenas comerciales (en los puestos especializados de mercados y fruterías profesionales es bien distinto), y resulta evidente que esa ausencia de conocimiento sobre las distintas variedades, sus épocas de maduración y consumo y la procedencia va en contra del consumo. Si no se conoce algo, si no hay conciencia de lo que es, no se sabe diferenciar y consiguientemente da igual una cosa que otra.

Ahora que se está hablando de nuevo sobre la necesidad de emprender acciones de promoción y publicidad para estimular el consumo de cítricos, qué mejor inicio que contribuir, antes que nada, a formar adecuadamente a vendedores y consumidores. No se vende ni se compra lo que no se conoce bien. Hay que convencer, fascinar, cautivar. Si no es así, si todo se limita al consabido «Coma naranjas, son ricas y saludables y tienen vitaminas», o algo por el estilo, aparte de que suena a rutinario y que son conceptos tan extendidos, ¿quién asegura que se comprarán y comerán las de aquí, las de quienes patrocinan la campaña, y no se favorecerá igualmente las de la competencia? Hay que empezar por el principio, por desterrar esa diferenciación absurda de 'naranjas de mesa y naranjas de zumo' que suple el conocimiento adecuado de las variedades. Con todas puede usted hacer zumo en casa. Que se conozca bien qué es una Nável y una Salustiana, que la Valencia late es la última, que la primera es la Navelina, que la clementina reina es la Clemenules, que tiene 'hijuelas' más primerizas y que es bien distinta de la Clemenvilla, más roja y con otra textura de pulpa... No unas mejores o peores que otras, es cuestión de gustos y suelen ir escalonadas a lo largo de cada temporada, por lo que tienen menos sentido esos errores, o peor, esa desidia generalizada, al etiquetar unas con los nombres de otras. Porque no da igual y va contra la normativa; por tanto es denunciable y sancionable. ¿Se imaginan confundir la sal con el azúcar, el aceite de oliva con el de girasol, las peras con las manzanas..? Entonces ¿por qué confundir al consumidor de cítricos con lo que no es? Y encima esa pasividad del sector, tan pendiente de reiterar lugares comunes, mientras se olvida lo más sencillo, lo que está por hacer a nivel de calle, en el supermercado de cada esquina.

 

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