LA NARANJA

La ciudad, pura 'coentor' de estetas tecnológicos, olvida a un sector que hasta hace bien poco le daba de comer

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

El pasado febrero me pilló el inicio de la vendimia en Mendoza, Argentina. Y fue entonces, solo entonces, cuando empecé a comprender el problema de la naranja en Valencia: los problemas de las grandes producciones agrícolas de vocación universal en un mundo que se ha globalizado, y el peculiar problema de la naranja de Valencia en su relación con la sociedad valenciana.

A finales de febrero, Buenos Aires sufría los atascos de la «operación retorno» de vacaciones, los comercios estaban en plena campaña de «vuelta al cole» y la gente se preparaba para el otoño. Pero solo cuando se ven las cifras de las previsiones de cosecha de uva publicadas a todo trapo en la portada de los periódicos de Mendoza; solo cuando se oye a los profesionales debatir en televisión sobre si es bueno o no que haya más vino; solo cuando se conocen los preparativos de la fiesta de la vendimia y se observa cómo toda una sociedad se dispone a participar en las inquietudes, trabajos, preocupaciones, disfrutes, tareas, dilemas y placeres del vino, sus grados, sus azúcares, sus precios y sus millones de hectólitros, llega uno a percatarse de lo que es una especialización agrícola traducida en economía, trabajo y pasión.

O sea, todo lo que en Valencia hemos perdido de vivencia intensa, de enamoramiento, vocación y disfrute de lo propio, en torno a un cultivo, la naranja, que, durante más de un siglo, ha sido trascendental para nuestra economía; un sector que proporcionaba una inyección de dinero enorme, capaz en algún tiempo de revitalizar con divisas la economía de una nación.

Hablo de Valencia, porque en Castellón su problema es peculiar y quizá más serio. Y también porque espero que Murcia y Andalucía aún no hayan sucumbido a la rendición completa. En realidad habría que acotar la amnesia y la sordera a las murallas de una ciudad que ha perdido la sensibilidad hacia la naranja y hacia todo lo agrícola, incluido el aceite, el vino y el arroz.

Tal vez el olvido es solo achacable a los políticos. Ojalá. Tal vez es efecto de una tendencia social, de una moda, que queriendo figurar como cosmopolita se pone cursi y se aparta, pura «coentor» de estetas tecnológicos, de sus inevitables orígenes rurales, hasta ayer primordiales a la hora de llenar la olla. El caso es que la ciudad ingrata parece que ignora el rotundo desastre de una temporada citrícola que se ha fraguado y decidido, como quien dice, al margen del alma de una sociedad que ya no vive, ya no siente, ya no está interesada por un sector que hacía temblar a sus abuelos y bisabuelos.

Los agricultores, una vez más, están bajando a la ciudad, como simbólico centro de poder, para ver si se les escucha en Europa. Pero el problema está en Valencia: la ciudad no es que sea sorda, insensible o malvada. Es que simplemente no recuerda ya de lo que le hablan. ¿No ves que los agricultores no están en twitter?