EL MUSTÉLIDO SOLITARIO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Por una vez era yo el que estaba sentado el pasado sábado noche frente a una mujer morena de belleza reconcentrada que lee, sin darse aires pedantes, a Stefan Zweig, Sandor Marai, Paul Auster y otros autores de ese dorado perfil. Por una vez habían servido verdaderas gambas rojas de Denia de las que acumulan ese jugo petroleado entre los pliegues de su fusiforme cabeza. Por una vez me disponía a pagar tras los postres con el ánimo óptimo porque por una vez militaba en el bando de los vencedores. Pero un detalle avinagró ligeramente esa buena disposición que me reconfortaba. Asomó el careto allá en esa pequeña taberna un tipo con modales melifluos, pelo ralo y aire como de mustélido asustado. Preguntó si había hueco para cenar. Respondieron que no, que las reservas colapsaban las escasas mesas. El menda acurrucó los hombros para proyectar pena penita pena y susurró: «¿Y en la barra?». Muy educados le indicaron que imposible, pues el breve espacio que se mantenía libre correspondía al sincopado trajín de la camarería. El tipo hundió su chepa y dobló el espinazo. Ese último intento suyo por cenar dignamente se me antojó tan desesperado que establecí una corriente de simpatía con él. No me lo quité de la cabeza aunque eso no me impidió seguir rechupeteando el líquido pardo de las testas de las gambas. Me lo imaginé vagando de un lado al otro, de bar en bar, de fonda en fonda, de restaurante en restaurante, y supuse la triste sensación que le embargaría porque el mundo no está hecho para las almas solitarias. Un menda que sale solo a cenar un bullicioso sábado por la noche siempre es sospechoso de algo. «¿Qué te pasa? De repente no estás», comentó mi acompañante. Cuando le narré mis divagaciones replicó: «Pues haberle invitado a nuestra mesa». No se me escapó «y una mierda» de milagro.