Muros de cordura

Arturo Checa
ARTURO CHECAValencia

El último empujón para escribir esta columna ha sido el hecho de estar a punto de no poder ni hacerla. De no tener tiempo material para redactarla. Tras una jornada de whatsapps matutinos, fragor de temas en preparación, envío de correos electrónicos, llamadas, cambios de titular, reportajes que se quedan por el camino, enfoques, reenfoques, negociaciones políticas en las que es casi imposible distinguir quién dice la verdad y un calor que te hace hervir la sesera... todo eso hace que recuerde dónde estaba justo hace una semana. Tal martes como hoy. En ese torbellino de ruido, estrés, relojes locos y voces que te hablan a la vez, hace una semana estaba entre muros de silencio. Muros de cordura. Hacía tiempo que no sentía una sensación de tanto aislamiento del mundo exterior que dentro del claustro del Monasterio de San Jerónimo, en Granada. «¿Aquí hay wifi, papá», preguntó, inocente, mi hijo mayor. Ni wifi, ni estrés, ni estruendo ni prisas. Lo visité dos veces. La primera en solitario. Y tuve un brutal 'déjà vu': de repente estaba en plena Edad Media. Sólo el paso de un avión me devolvió al mundo real. O el andar sosegado de una monja. En una pared, un cartel con las labores de las hermanas, por turnos. Lectora de primera mesa. Servitora de segunda mesa. Versicularia. Cantora. Salmista. Profesiones de contemplación, el sino de la orden religiosa. «¿Y no ven la tele cuando comen, papi?», fue el otro interrogante de mi vástago al ver el refectorio de mesas largas y vacías. No hijo. Y quizás deberíamos levantar más muros de cordura en nuestra vida. O repartir gratis los inhibidores de móviles y redes que exhiben en la conmocionante 'Years and years'. O tener al menos cada uno un convento en su interior. Como el de la paz que he sentido yo al poder hacer esta columna en medio del fragor de la batalla. Gracias, Madres.