Municipios

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Cuando suena el clarín de las elecciones municipales se produce un deslizamiento a la baja en cuanto a las tontadas que brotan por parte de los candidatos. Si se asiste a un empobrecimiento general en la política parlamentaria, que sería la Champions, alcanzado el trance del municipio el nivel mengua como el agua que se evapora en ese pantano que soporta el sol de agosto bajo el croar de los batracios.

Nadar, cantar y bailar. Estas son las principales actividades de muchos candidatos de casi todos los partidos para empatizar con el personal. Desde que incrustaron la jodida empatía en nuestras vidas y haciendas los conatos de personalidad atractiva tienden hacia la extinción. Empatizar, caer bien al prójimo a toda costa, enfundarse la piel del otro para percibir sus alegrías y sus padecimientos. Empatizar o morir. Esto se traduce por bailar una jota como un saltamontes cojitranco, zambullirse en el frío mar reconfortado por un neopreno que frene la hipotermia o cantar con los de tu lista en plan asmático como locomotoras de principios del pasado siglo en fase de prejubilación. La clave, por supuesto, reside en bailar, cantar y nadar mal, pues sobresalir aunque sea en actividades corrientes equivaldría a remover la mediocridad de un buen número de votantes, lo cual nos alejaría de inmediato de la sacrosanta empatía que hoy es la piedra filosofal del pensamiento hueco. Más allá de tres apuntes vagos esbozados desde la chapuza, no interesa el programa ni tampoco la planificación seria sobre el modelo a seguir en nuestra ciudad, villa o pueblo. «En las municipales se vota a la persona y no tanto al partido», repite el mantra de estas ocasiones municipales. Pues las personas, en España, si nos fiamos de la tele, bailan, cantan, nadan y... cocinan. Esperando estoy al candidato cocinillas de turno...