UN MUNDO INCORRECTO

F. P. PUCHE

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

Hay días en que lo recuerdo con verdadero espanto, con un arrepentimiento que no admite excusas. Porque yo he consentido, incluso he fomentado, que mi hija, y mis sobrinos, y los hijos de mis mejores amigos, viajaran en el asiento del copiloto... en un tiempo en que el cinturón de seguridad estaba por implantar y las actuales sillitas de seguridad apenas eran una idea vaga en la mente de un soñador.

Arrancábamos el 127, el Ronda o el Seiscientos, y allí estaban los niños, que protestaban porque no querían viajar detrás. Nos parecía razonable y les dejábamos ir delante, «como los mayores». Por lo general dejaban de dar la lata y solo preguntaban el famoso «cuándo llegamos» cada quince minutos. Los niños, si ya sabían andar, se sentaban algunas veces en brazos de otro pasajero, la madre por lo general. Pero había ocasiones en las que el premio consistía en que fueran sentados como príncipes, como reinonas de las carretera, en el asiento de la derecha del conductor. Cuántas veces -¡Dios mío!- les hemos dejado viajar de pie, en aquel Seiscientos de frenos lamentables, con apenas siete u ocho añitos, permitiendo que apoyaran la barbilla en el salpicadero...

--¡Más deprisa, papá! ¡Corre, corre...!

Influido por la publicidad actual y sin duda convencido por el peso de la razón, me pone los pelos de punta recordar tiempos en que los bebés viajaban en un cesto de mimbre depositado en el asiento trasero junto con los demás bártulos. Entre las piezas de mi colección sobre lo políticamente incorrecto, guardo la copia de un anuncio en el que Seat recomendaba que el conductor del nuevo y muy fiable 124 dejara que sus niños durmieran acostados en el asiento de atrás mientras para un placentero viaje nocturno. «Como en su propia cuna»;, dice el reclamo, publicado profusamente en la campaña de 1970. Refiriéndose al nene, que duerme como un ángel en el asiento de atrás, el texto de la publicidad añade: «Él no entiende nada de mecánica. No sabe nada del coche de su padre. Un 124. Lo único que nota es que los viajes no son como antes. Ya no llora a cada bache, ya no despierta sobresaltado por los ruidos, ya no se pone nervioso...».

En los últimos años he tenido dificultades para entrar en la parte trasera de los coches de mis afortunados amigos abuelos. Y he visto frustrarse pequeños trayectos urbanos con niños porque el equipamiento de mi coche no incluía sillita infantil. También he aprendido con espanto que los padres jóvenes de nuestros días, cuando viajan, llevan más impedimenta que la División Brunete en unas grandes maniobras.

Aficionado a coleccionar detalles horribles del mundo antiguo que viví, he encontrado otro anuncio, hoy imposible, en el que un jefe de oficina aprovecha una pausa en el trabajo para obsequiar a su secretaria -desde luego un bombón de falda corta y ceñida- el regalo insuperable de un «Camel». El tabaco, el trato a las mujeres, los lemas publicitarios, la comida, el vestido, los mecanismos de seducción comercial... Las páginas de los periódicos están llenas de detalles que nos hablan del radical cambio del mundo.

En cuestión de conducción, la seguridad es un asunto de apenas medio siglo. En mis búsquedas, he localizado que en mayo de 1962, la portada en huecograbado de LAS PROVINCIAS publicó que en Gran Bretaña se estaban haciendo pruebas sobre la eficiencia de un invento llamado cinturón de seguridad. Poco después, en septiembre de ese mismo año, nuestro corresponsal en Washington, Manuel Casares, contaba en una crónica que su hijo Paco había salido vivo de un choque frontal con apenas unos cortes de cristales en un brazo.

-Esos nuevos cinturones de seguridad están dando buenos resultados- le comentó el jefe de Policía que le informó del accidente.

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