Mujeres luchadoras de por vida

Luchar por los derechos de la mujer es algo que puede durar toda una vida, dando pasitos adelante y atrás. A veces da la sensación de que se ha avanzado poco

Mujeres luchadoras de por vida
MERCÈ RIVAS TORRES

Una mujer puede llegar a la vejez habiendo estado toda su vida defendiendo los derechos de las mujeres y al final tener la sensación de que se ha avanzado poco, aunque la realidad no sea así. En los años setenta ya existían grupos que se manifestaban para que las mujeres no fuesen encarceladas por ser «adulteras». Había que conseguir los anticonceptivos de forma clandestina, aunque había algunos médicos que los recetaban. Y ya no digamos que pasaba con el aborto. Directamente a Londres, la que podía económicamente.

En las siguientes décadas se siguió persiguiendo derechos y los grupos ya estaban más organizados. Poco a poco, o por lo menos a mí me parece un ritmo muy lento, se fueron consiguiendo más metas: los anticonceptivos, el divorcio, el aborto y ya llegados al año 2004 gobiernos paritarios, aunque el techo de cristal para las mujeres sigue siendo resistente en el mundo de los negocios y la empresa.

El año pasado la movilización y huelga de mujeres fue un éxito. Afortunadamente, cada vez es mayor la sensibilización social, pero cuidado: hay sectores a los que no llega ese mensaje.

Todavía quedan muchos hombres que en público intentan ser políticamente correctos pero cuando charlan con los amigotes siguen utilizando un lenguaje muy machista. Ya no digamos si estos hombres defienden posturas radicales a nivel político. Y ahí es donde las mujeres deberíamos trabajar y enfocar más nuestras preocupaciones.

Y para ello necesitamos la colaboración de 'las otras mujeres', esas que también practican el machismo y obviamente el de los hombres. Todos ellos tendrían que dejar por un rato sus prejuicios a parte y meditar sobre el tema. La igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres beneficia a todos, aunque les cueste creérselo.

Forma parte de los derechos humanos fundamentales y haría que nuestra sociedad fuese más justa y solidaria. Los hombres deben comenzar a reflexionar sobre el hecho de que las mujeres no son de su propiedad, de que tienen criterio propio y que exigen que se las respeten. Si esta última frase se llevase a cabo ni habría asesinatos a mujeres ni 'manadas' danzando por nuestras calles.

Seguramente a muchos padres de familia no muy adentrados en el mundo feminista y sus reivindicaciones no les gustaría que sus hijas fuesen asesinadas por un novio o marido cuando les comentan que quieren separarse, ni deben vivir muy tranquilos cuando sus hijas salen de noche y no saben con lo que se van a encontrar.

Todavía es más duro para las mujeres del mundo rural. Las convicciones de posesión están más arraigadas y el mensaje de las manifestaciones ciudadanas sólo llega a través de la televisión. Ser mujer y ejercer sus derechos en el campo es más duro que en una gran ciudad.

Por eso, debemos concienciarnos de que queda muchísimo por hacer. Desde grandes metas como romper techos de cristal a las más cotidianas como por ejemplo hacer que las empresas respeten la conciliación familiar. La mayoría de las madres trabajadoras tienen que desempeñar sus funciones en la empresa, llevar jornadas laborales extensísimas y llegar a casa y hacer el doble trabajo de los cuidados de los hijos y de la casa.

Porque el trabajo de los cuidados de niños y ancianos sigue estando en manos de las mujeres. Tengan en cuenta este dato. Las horas extra que realizan las mujeres en el hogar equivalen al 8,9 del Producto Interior Bruto de España. Las mujeres de entre 40 y 65 años son las que más cuidan a personas mayores, y apenas un 10% de quienes se encargan de atender a ancianos son profesionales. Al no cotizar, o cotizar menos, también se verán afectadas sus pensiones en el futuro.

La persona que fundamentalmente cuida de los hombres mayores que necesitan ayuda es su cónyuge, seguida de su hija. En el caso de las mujeres mayores que necesitan ayuda se invierte el orden, son las hijas las que fundamentalmente se hacen cargo de los cuidados, seguidas de otros familiares y amigos.

Tampoco debemos olvidarnos de todas aquellas mujeres que por diferentes razones tuvieron que migrar a España, muchas de ellas con trabajos más que precarios. Estas sufren las mismas discriminaciones que las españolas sólo que hay que añadir la xenofobia o racismo que tienen que soportar y la falta de colchón familiar que facilite ayudas. Y todas ellas, sin excepción de procedencia, clase social, raza o religión, sufren de una u otra forma acoso o violencia sexual.

Resulta aterrador ver cómo numerosos estudios nos dicen que las jóvenes adolescentes son acosadas por sus novios al imponerles cómo tienen que vestir o al intentar controlarles sus whatsapp.