Muertos y bebés

J. SÁNCHEZ HERRADOR

Durante 2017 en España murieron más personas que nacieron, alrededor de 32.000, con lo que, a largo plazo, el país está abocado a disminuir su población o a depender de la inmigración. Como este es un problema, y de los grandes, cuyos efectos se verán más allá de una legislatura, los políticos dan largas al asunto a ver si se soluciona por arte de magia. Lógicamente no se puede obligar a las mujeres a tener hijos, pero quizás bastaría con aplicar una verdadera política de apoyo a los padres, como por cierto se hace en nuestros adorados países nórdicos, para que el personal se anime a procrear. Mientras el desierto demográfico avanza, se vende la idea de que las pensiones están garantizadas olvidando que el envejecimiento de la población es imparable y el relevo no está asegurado.

Porque habrá que recordar que un país y una economía no funcionan ni crecen sin personas y que si no nacen aquí tendrán que venir de otra parte para que la rueda siga girando. Y entonces surge el debate de la inmigración, otro problema muy serio que no se puede abordar diciendo que tú eres malo y racista porque quieres cerrar las fronteras y yo bueno y solidario porque dejo atracar en nuestros puertos a todo barco que navegue por el mediterráneo.

Entre debate capcioso y polémica malintencionada nada cambia y todos se echan las culpas unos a otros en vez de sentarse de una vez para acordar qué inmigración podemos tener, qué personas queremos y debemos acoger e integrar porque, aparte de las situaciones de emergencia, para que algunos inmigrantes acaben en la explotación, la marginalidad o la delincuencia más vale, si no somos hipócritas, que permanezcan en su país o en otro sitio que de verdad les pueda ofrecer una vida mejor. Pero entre buenismo, demagogia y mentiras anda el juego, y así nos va.

Fotos

Vídeos