Las mudanzas nos esclarecen

Necesito días para embalar mis libros y luego, por idéntica debilidad, también semanas o meses para desembalarlos

Las mudanzas nos esclarecen
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Cómo están ustedes? Yo bien, gracias. ¿Más gordito? ¿De verdad me ven más gordito tras las vacaciones? Sí, puede ser, puede ser... Y un poco aturdido también, por la vuelta del veraneo, por supuesto, pero mayormente por una mudanza que se ha cruzado otra vez con mi vida, porque pese a la costumbre que ya tengo al respecto (he echado cuentas y desde que me independicé he vivido regularmente en quince domicilios diferentes) las mudanzas, con su aquel paralizante de recuerdos olvidados que aparecen por sorpresa como fantasmas al abrir una vieja carta o vaciar un cajón, siguen transformándome en un personaje aterrorizado. Tal que ojos abiertos en la oscuridad mis felicidades lejanas, mis cagadas clamorosas y mis crímenes pasionales, me miran desde el fondo de esos restos de naufragios con los que cargo de casa en casa llamándolos «ajuar», pero que vamos, que de ajuar nada, que yo sé que son restos de mis naufragios.

De milagro no he acabado con una hernia discal, retorcido como un ocho, vencido por el peso insoportable de las cajas llenas de libros. No sé si es que me he acostumbrado a la ingravidez de los libros electrónicos o que he cumplido cincuenta y cinco, pero el caso es que en las mudanzas ya sólo lleno hasta la mitad las cajas de mi biblioteca para poder manejarme. Y, claro, se aplastan al apilarlas. Por no mencionar el tiempo que pierdo empacando los dichosos libros: los abro uno a uno, releo párrafos, busco los subrayados y si por casualidad me encuentro con una dedicatoria, una entrada de cine, una tarjeta de embarque o una flor marchita entre sus páginas, me atraviesa el corazón un disparo de sal, paro y lloro. Necesito días para embalar mis libros y luego, por idéntica debilidad, también semanas o meses para desembalarlos.

En verdad mis mudanzas son sobre todo de libros porque a ver; no tengo mucha ropa, lo de la cocina se empaqueta rápido y escuchando la radio, los muebles los hemos montado casi todos nosotros (o sea, son temblorosos, aunque aguanten) y se los llevan rápido los señores de la mudanza... ¿Qué queda entonces? Libros, libros, libros y algún álbum de fotos. Mi rastro en este mundo es los libros que leí.

«Venimos a esclarecer esta casa», me dijo sin anestesia el encargado de la mudanza. «Me impresiona pensar en qué pocas cajas cabe toda mi vida», le respondí yo. Y él terminó de hundirme: «Pues si viera usted luego, dentro del camión, lo que ocupan esas cajas aún se impresionaría más; si sus cajas en vez de libros contuvieran paja no daría ni para que pariera una vaca encima». Las mudanzas nos exhiben lo poco que tenemos y lo poco que somos, nos esclarecen, sí. La muerte, después de todo, será otra mudanza, la última, ¿no?, aquella en la que yo mismo iré en la caja y en el camión. Y no ocuparé mucho más espacio que mis libros. Vivir libre debe consistir en sintetizar pertenencias, pues.

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