EL MÓVIL TUVO LA CULPA

Pueden ocurrirnos cosas tremendas si estamos más pendientes del telefonillo que de la realidad inmediata. Una de ellas, perder al ajedrez

EL MÓVIL TUVO LA CULPA
RAFA MARÍ

En la calle. El peligro lo notas de continuo en la vía pública, cuando el semáforo está en rojo para los peatones y alguien, ensimismado, cruza la calle mientras habla por el móvil, ignorando la cercanía de un coche que se aproxima a buena velocidad. En museos, cines, auditorios y teatros se pasan serios apuros si suena tu móvil porque se te ha olvidado ponerlo en silencio. ¡Ay, esta cabeza nuestra!

Temerario. Hablar por el móvil mientras se conduce es temerario. Tal irresponsabilidad merece una buena pérdida de puntos en el carnet. Dime cuánto tiempo hablas por el móvil mientras paseas por la ciudad y te diré el número de bordillos con los que has tropezado. Pueden ocurrirnos cosas tremendas si estamos más pendientes del telefonillo que de la realidad inmediata. Una de ellas, perder al ajedrez.

Gambito-Benimaclet. Me ocurrió el sábado 26 en el campeonato de Valencia por equipos. Defendía yo los colores del Gambito-Benimaclet. Rival, el San Vicente del Raspeig, equipo que después de dos rondas lideraba la División de Honor. Mi contrincante, Gregorio Martínez, un duro jugador, logró con pacientes maniobras llegar a un final superior. Me esforcé disciplinadamente por conseguir unas honrosas tablas. Llegué a tener dos peones de menos, aunque con alfiles de distinto color. Confié en que esa alternativa de urgencia me permitiría conseguir el empate.

Y entonces... Cuando vi que mi decisión había sido acertada, me levanté para airearme tras el esfuerzo mental. Gregorio le daba vueltas a la posición para ver si encontraba alguna posibilidad de victoria. No la había. Ajedrecísticamente hablando, no. Y entonces metí la pata. Relajado, recordé que tenía el móvil en silencio desde hacía tres horas -es obligado hacerlo así en las partidas oficiales- y era posible que tuviese llamadas pendientes de respuesta. En mi casa había enfermos (más de uno) y tal vez hubiese recibido algún aviso urgente.

Oportunidad. Gregorio encontró una oportunidad de oro al verme manejar el móvil. Llamó a los capitanes. Ambos me aclararon algo que ignoraba (es una norma reciente: no basta con poner el móvil en silencio, también está prohibido encenderlo). Jugadas más tarde firmamos las tablas, aunque el resultado oficial quedó pendiente de la reclamación del San Vicente. Días después la Federación dictaminó que el punto era para el rocoso Gregorio Martínez. El móvil tuvo la culpa.

Líderes. No volverá a pasarme. Ah, el Gambito-Benimaclet, pese a mi derrota burocrática, le ganó al San Vicente por 6 a 2. Ahora somos nosotros los líderes.

Universidad. Ese mismo sábado en el que perdí por la normativa antimóvil, se jugó en el claustro del Campus San Carlos Borromeo el I Torneo de Ajedrez de la Universidad Católica de Valencia, organizado por el Servicio de Actividad Física y Deporte, con el profesor y ajedrecista José Miguel Arce como principal y entusiasta promotor. Desde 1995, la Unesco recomienda la incorporación del ajedrez en los planes educativos. Y el Parlamento Europeo propuso a este milenario juego como asignatura opcional en los colegios.

Capablanca. Es llamativo que los centros universitarios hayan pasado (hasta ahora) del ajedrez, un juego intelectual basado en la lógica y el análisis ponderado de las propias posibilidades y las del adversario. «De pocas partidas he aprendido tanto como de la mayoría de mis derrotas», afirmó José Raúl Capablanca, campeón del mundo de 1921 a 1927.

Arce. »¿Cómo es posible que en España no exista ningún club de ajedrez universitario federado? ¿Por qué siendo Valencia la cuna del ajedrez moderno, como demostró el historiador José Antonio Garzón, la mayor parte de la ciudadanía no conoce ese hito?», me pregunta José Miguel Arce. No sé qué responder a estos interrogantes. Pienso, eso sí, que los valencianos no aprovechamos bien nuestro patrimonio cultural. No somos hábiles en ese empeño.

Terapia. Regreso a la revolución tecnológica que tanto nos está zarandeando. A los adictos graves al telefonillo les recomiento el libro 'Cómo cortar con tu móvil' (Grijalbo), de Catherine Prince. La terapia que propone la autora no es muy dolorosa. Hay vida después de los móviles.