MONIATO

Habría que reverdecer el debate sobre los que se meten en el Barranc del Infern con un patito flotador como equipo

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

He callado hasta la fecha por no influir en la opinión pública de Tailandia ni presionar sobre sus autoridades. Pero no será por más tiempo. Los niños han sido rescatados, la opinión pública mundial se ha relajado y creo que es el momento adecuado para rendir homenaje al marine que ha dado su vida en las arriesgadas operaciones de salvamento... y para afirmar, con la solemnidad que sea precisa, sin autocensura alguna, que ese monitor de fútbol que metió a los chavalitos en la cueva de Tham Luang es un grandioso imprudente. Un verdadero, un auténtico, un reconocido moniato.

Es el término más leve que se me ocurre. Lo saco directamente de la rica tradición valenciana y lo aplico a un tonto acreditado que el día que le confían a un grupo de doce niños que juegan al fútbol pero no saben nadar los reúne, los lleva a una cueva de alto riesgo, se pasa por el arco de triunfo los carteles y avisos que hay a la entrada y cuando empieza a llover no los saca fuera, camino de casa, sino que los mete en las entrañas de la tierra ¡cuatro kilómetros!, seis mil pasos, por angosturas inundables e inundadas donde los profesionales de la espeleología se las ven y se las desean con toda su impedimenta.

No encuentro paliativos. Cientos, miles, millones de mayores de todo el mundo, y sobre todo los abuelos conscientes del riesgo de cuidar niños de otros, hemos pasado unos días con el corazón en un puño, pendientes de los telediarios de turno, aterrorizados por los esquemas de la cueva que nos daban una y otra vez. Si a los niños les han dado ansiolíticos a la hora de salir, el consumo que hemos hecho los espectadores ha sido mucho mayor. Y más largo, porque todo empezó el 23 de junio, antes de las angustias del Caso Alquería.

Moniato, moniato pues. Tonto oficial sin redención de penas es este Ekapol Chanthawong que para que los niños se distrajeran los metió en los laberintos de la tierra pongamos a la altura del Mercado Central y se los llevó, por diversos tramos, paradas y estaciones, cuatro kilómetros más allá, hasta los confines de la antigua calle General Urrutia, si usamos ese símil tan cómodo que los valencianos tenemos en la línea abandonada del Metro T2.

Moniato sin remisión que merecería una buena cadena perpetua si no fuera porque la famosa página de Facebook 'Adictos al drama', que en Tailandia reúne a dos millones de 'humanos' que disfrutan con el sufrimiento ajeno, ha pedido calma con el fin de no complicar el lamentable espectáculo, quiero decir la magna operación, del rescate.

A lo mejor, ahora, se revive aquí el necesario debate sobre los moniatos autóctonos, los que intentar escalar el Aneto en chanclas o se meten en el Barranc del Infern con un patito flotador. Porque si es verdad que hay «gente pa tó», no siempre hay Cruz Roja y Guardia Civil para rescatar a tanto, tantísimo moniato.

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