El modelo Puig destrona a Susana Díaz

El modelo Puig destrona a Susana Díaz
Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓSValencia

En los últimos días, el equipo presidencial de la Generalitat ha tenido que emplearse en dos estrategias de ocultación de la realidad. La primera, que no se note que lo que está pasando en Andalucía es lo mismo que ocurrió en 2015 en la Comunitat sólo que a la inversa. La segunda, que si en estos momentos hubiera aquí elecciones autonómicas le tocaría a la izquierda bitripartita hacer la maleta y volverse a los escaños de la oposición. A eso se reduce el efecto en la Comunitat, y no puede decirse que sea poco. El régimen andaluz, monopolizado por los socialistas durante casi cuatro décadas, se acaba; el segundo y el tercer partido (PP y Ciudadanos) llegarán a un pacto con el auxilio de un tercero (Vox) para desalojar del poder a la primera fuerza (PSOE). ¿Les suena? Exactamente igual a lo que vivimos en el Reino de Valencia hace algo más de tres años. Idéntico. Ximo Puig con los peores resultados de la historia del PSPV alcanzó la gloria de la Generalitat gracias a un acuerdo múltiple con izquierdas más beligerantes, con naciocatalanistas y hasta con antisistemas. Ximo Puig es como Juanma Moreno, un perdedor con una flor en el culo (con perdón). Y Susana Díaz cae víctima de una jugada milimétrica a la que convirtió a Puig en Molt Honorable hace bien poco tiempo.

El PSPV, por supuesto, lo sabe y precisa inventariar ciertas diferencias entre dos escenarios semejantes. Y se supone que las ha encontrado en la supuesta veta fascista de Vox, como apuntó el President el jueves en Alicante para celebrar la Constitución, muy lejos por cierto del discurso trascendental del Rey Felipe. Curioso también, porque es ahora que la ultraizquierda y los separatistas cuestionan la monarquía cuando hay que estar con el jefe del Estado en los actos prioritarios que defienden nuestro régimen de convivencia. El gobierno de Pedro Sánchez, beneficiado de una operación similar a la que ahora se articula en Sevilla, enreda con la misma cantinela de Puig, que no cabe entenderse con partidos que «esconden el nuevo rostro del fascismo». Estrategia trazada, ante la que caben dos preguntas: 1) ¿Son fascistas los de Vox? 2) ¿Se ha entendido antes Puig con fuerzas parafascistas?

Respecto al fascismo emergente de Vox, habría en primer lugar que tener más respeto a las palabras. Y más que a las palabras, a las víctimas de un exterminio masivo de varios millones de muertos. Algo imposible, porque ya el PP y Ciudadanos fueron señalados por los mismos acusadores como ultraderechistas y falangistas. Vox es una nueva derecha más beligerante y radical, una derecha trumpista y populista que en efecto en materia de inmigración bordea la xenofobia, no tanto por lo que plantea hoy día por escrito como por hasta dónde podrían llegar de tener poder para ello (por otra parte, en muchas democracias y en muchas épocas se han tenido políticas de fronteras cerradas sin que ello implicara el menor sesgo fascista). Vox es una derecha españolista, unitaria y antiautonómica, algo tan legítimo como el estado medievoconfederal que plantean otros, siempre que se someta al designio de las urnas. Vox es una derecha tradicionalista, sí, pero que cabe perfectamente en los límites constitucionales; por ninguna parte asoma la militarización, el antielectoralismo o el ejercicio de la violencia. Vox no es heredera de Fuerza Nueva, los guerrilleros de Cristo Rey, el criminal de los abogados de Atocha detenido en Brasil o los majaderos de España 2000; sino una escisión del PP por su derecha. Ah, la violencia, esto es importante, porque es lo que ha caracterizado a los movimientos totalitarios en el último siglo. Santiago Abascal, amenazado de muerte por la ultraizquierda etarra desde niño, no ha dicho nunca que la guillotina debería haberse llevado a muchos españoles por delante, ni ha recibido dinero de las dictaduras de Irán y Venezuela, ni ha presumido de querer azotar a una periodista hasta hacerla sangrar, ni ha reconocido las ganas que tenía de salir para soltar hostias, ni ha llamado a las hordas antifascistas (o sea, fascistas con otra careta) a la calle para combatir un resultado electoral adverso. Todo eso lo ha hecho Pablo Iglesias, el socio de Pedro Sánchez y de Ximo Puig. Pero ahí no vieron ningún tufo a conducta fascista, porque uno no suele ver lo que no le conviene. El éxito de Vox tiene responsables claros, los separatistas catalanes y Pedro Sánchez. Muchos españoles que hasta ahora llevaban su patriotismo de forma discreta, natural y sin alardes han querido hacer un gesto explícito ante los insultos, maniobras y barrabasadas del independentismo catalán; se han cansado de tener la cabeza baja. Ya tienen pues los soberanistas lo que querían, el choque de dos nacionalismos enfrentados. Una desgracia, sin duda.

Díaz cae víctima de una jugada milimétrica a la que convirtió a Puig en Molt Honorable hace bien poco tiempo

Puestos a encontrar rastros ultras y fascistas, tenía Puig numerosos avisos antes de aceptar el apoyo de Podemos para vestirse de President. El acoso a la Constitución de Pablo Iglesias es de lejos muy superior al de Vox; quiere acabar con la monarquía como palanca para a su vez derribar el sistema del 78 y crear un régimen nuevo, a saber cuál pero conviene ponerse en lo peor. Iglesias da cuerda a la escisión catalana, se va de paseos con Otegi y recordemos que la ultraizquierda etarra ha provocado mil asesinatos en España en los últimos cuarenta años. Ximo Puig no paró de tender puentes con los dirigentes catalanes, que se han sublevado contra la Constitución, que mantienen en estado de sitio el espacio público y que durante décadas han hostigado a los disidentes y han adoctrinado a los niños con fórmulas totalitarias. Puig, también lo sabemos, financia a la soldadesca naciocatalanista asentada en la Comunitat. Puig tiene como conseller y estrecho colaborador a Vicent Marzà, aquel que respaldó por la radio la independencia catalana al tiempo que alentó a que la Comunitat siguiera sus pasos, saltándose las leyes democráticas si hace falta. Puig ha tenido que dar marcha atrás, forzado por los tribunales, a un proyecto educativo de Compromís que directamente atentaba contra los derechos fundamentales de los valencianos. Compromís guarda las formas cuando se ve obligado y oculta su agenda, pero practica la táctica descrita en su momento por Stefan Zweig; presionar con la ideología píldora a píldora, no de un solo golpe: dar un paso, comprobar si la sociedad lo combate o lo absorbe y en función del resultado dar el paso siguiente o esperar, hasta el momento oportuno.

Si vamos a recuperar conceptos y términos del siglo XX como el del fascismo ultraderechista, conviene redefinir también los otros extremismos totalitarios, como el de los separatistas y antisistemas, porque la izquierda ya no tendrá durante más tiempo el monopolio exclusivo para nominar la realidad. Se puede calificar ultraderechista a Vox siempre que a continuación etiquetemos de ultraizquierdista a Podemos, la CUP o ERC. Tan fatídico o más que el nazifascismo fueron las variantes comunistas que ahora vuelven a resurgir con otros pelajes, pese a los cien millones de asesinatos que llevan en su mochila. Todo esto lo sabe bien Puig porque él si es una persona asentada en la centralidad, pero cuando advierte del peligro fascista sólo esconde el temor a perder su sillón.