La mochila

Resulta imposible saber cuándo nos vamos a enfrentar al momento de seguir vivos

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Una de las cosas que más extrañan en el relato de Philippe Lançon sobre el atentado de Charlie Hebdo es su empeño por no perder su mochila. En ella, el periodista superviviente de la matanza del semanario satírico francés llevaba sus libros y sus papeles que, mientras esperaba a que le atendieran los sanitarios, consideraba toda su vida. Estaba en medio de un charco de sangre, rodeado de los periodistas asesinados y con la mandíbula destrozada pero él solo pensaba en su mochila. Era su forma de aferrarse a su presente que, como cuenta en el libro 'El colgajo', estaba apagándose para comenzar un renacer que le llevaría a sentirse alguien distinto. Vivía, en esos momentos terribles, el que probablemente será el peor episodio de su historia y sin embargo él pensaba en su móvil, su bicicleta y su mochila; en su cotidianeidad, aunque ésta hubiera saltado por los aires cuando los asesinos yihadistas entraron a tiros en la redacción del periódico.

Pensaba en eso mientras miraba alguno de los vídeos virales de las lluvias. En uno de ellos, un hombre camina contra una torrentera tremenda con tal de subirse al coche, imagino que para protegerlo de la corriente. Resulta imposible saber cuándo nos vamos a enfrentar al momento de seguir vivos. Nunca pensamos que estamos viviéndolo porque solo somos conscientes de haberlo hecho cuando hemos sobrevivido, como le ocurre hoy a Lançon. En ese momento, ese aciago 7 de enero de 2015, el periodista sabía que había presenciado y sufrido un atentado horroroso pero aún no asumía que era un punto de inflexión en su vida. Su mochila, hoy irrelevante, mantenía su ligazón con la vida y le daba la sensación de que ésta continuaba. Del mismo modo que veía moverse a los demás, bomberos, sanitarios o la propia recepcionista del periódico, como si el tiempo no se hubiera detenido en ese punto, pensamos que debemos esforzarnos para que todo siga igual sin saber que es posible que no lo haga.

Alguna vez las lluvias me han pillado por carreteras inundadas, con torrentes de agua de cierta fuerza. No eran extremas pero con esas cosas nunca se sabe; a veces una mala posición del vehículo, una fuerza poco calculada del agua o la mala suerte convierte una riada aparentemente pequeña en una ratonera. La cuestión es que nunca he dejado el coche y me he puesto a cubierto. Supongo que, como el hombre del vídeo, he pensado que podía llegar sana y salva a casa y proteger también mi vehículo. Perder la vida por salvar un coche es una insensatez, pero en esos momentos no solemos medir lo que supone. Creemos en nuestras fuerzas y, sobre todo, pensamos que necesitaremos el coche para continuar con la misma rutina de cada día sin saber si esa rutina va a verse alterada completamente después de aquello. No hay objeto que compense una vida y esa lección deberíamos llevarla muy dentro los valencianos. Al menos, tanta riada debería habérnoslo enseñado de sobra.