De mitos y metas

Desde el siglo XIX vivimos acompañados de dos referentes que son un serio problema: la Huerta y el Cabanyal

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Cuando Blasco Ibáñez, en 'La Barraca', tuvo que dibujar el orgullo de casta profesional de los hombres de la huerta valenciana, se inventó al 'tío Barret' y usó muy pocas palabras: «Toda la sangre de sus abuelos estaba allí», sentenció. Durante generaciones, los 'Barret' venían labrando la misma tierra, «volviéndola al revés», dice el novelista, que pasó algún tiempo escondido de la autoridad en una de las barracas de Alboraia.

Aunque no es el único, Blasco es uno de los 'culpables' de la idealización de la huerta valenciana. Mitificador pero a la vez lo contrario; porque también se ocupó de escribir que los labradores llevaban una dura vida de esclavos. Después haría lo mismo en el Cabanyal: idealizar la alianza del hombre con el mar, poner al marinero en su paisaje para dejar ver enseguida que aquella era una vida miserable.

Qué curioso que, ciento treinta años después, dos de los grandes problemas de esta ciudad y su área metropolitana sean el del Cabanyal y el de la Huerta. Qué interesante como reflexión y como acción política. Porque intuimos que en ellos tenemos las raíces, al menos algún venero respetable, pero no acertamos con la manera de encontrar la perfecta solución para ellos.

Hace poco, después de años de acción política, el colectivo Salvem, nacido para combatir cualquier cosa que los conservadores quisieran hacer en el Cabanyal, se ha disuelto. Es como si, llegada la armonía universal, viéramos disolverse a la Cruz Roja o a Unicef: ya estamos en el cielo, no precisamos más. Los colectivos de defensa de la Huerta parecen llevar el mismo camino de beatitud; las leyes de la Generalitat ya garantizan la perfección.

Mito y realidad. Mitos que el corazón ha heredado y metas que la realidad política no logra alcanzar. Todos sabemos que por debajo de la avenida del Mediterráneo sigue discurriendo aquella pestilente acequia de En Gasch de la foto famosa, en la que las mujeres con pañuelo a la cabeza lavaban sábanas y enaguas. A pocos metros, en el barrio, los niños se morían como pajaritos de lo que fuera, difteria o tifus. Todos sabemos que cada pozo tenía cerca un cloaca y que aunque hemos peleado mucho para corregirlo, aunque hemos batallado para pasar del siglo XIX al XXI, sigue habiendo negligencias y filtraciones, errores y mala voluntad. Torpezas, en fin, del género humano.

¿Se puede vivir en la Huerta de Valencia aislado entre coles, chufas y alcachofas como hace siglo y medio? Sin duda. La técnica, hoy, hace posible vivir idílicamente, aislado en el bosque al borde de un lago; pero lo más probable es que las normas obliguen a que depures el agua del lago antes y después de usarla.

Es preciso tener sueños y mitos colectivos; no se puede vivir sin ideales y los de la Huerta y el Cabanyal son casi perfectos. Pero sostener y hacer realidad los referentes es complejo. Y muy caro. La realidad no se dobla fácilmente al impulso de los sueños.