Mitin fúnebre

Es innegable el uso y abuso que han hecho algunos de la imagen de Rubalcaba desde que se conoció su estado tras el ictus

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Y, de pronto, el PSOE se encontró con Rubalcaba. No podrá decirse que será él quien haga ganar las elecciones al partido dentro de unos días, a juzgar por los datos del 28-A y las recientes encuestas, pero resulta innegable el uso y abuso que de su imagen, su nombre y hasta su relato martirial han hecho algunos desde que se conoció su estado de salud tras el ictus. En campaña, todo es susceptible de convertirse en eslogan, ya sea una polémica, ya sean unas lágrimas o un sencillo pésame en el libro de condolencias. Así puede interpretarse el cartelón encargado a toda prisa para la sede de Ferraz con su «gracias, Alfredo», mucho más efectivo que el «haz que pase». De improviso y sin apenas tiempo para integrarlo en la estrategia, se encontraron con el mejor cartel electoral. Después de tantas vueltas y tanto reproche para una imagen y una frase cuestionables, Alfredo iba a conseguir la mejor petición de voto.

No hacía falta anunciar lo bueno que sería para todos votar al PSOE ni animar al indeciso para que contribuyera a que ocurriese. Él era la demostración palpable de que lo que se anuncia ya pasó antes, y España entera reconocía el bien que había supuesto para el país. Nada mejor que un testimonio para hacer creíble la predicación. Fue una apropiación en toda regla del pasado del PSOE, de un PSOE socialdemócrata y centrado, ajeno a los extremismos de quien, como Sánchez, coquetean con los radicales de Podemos, ERC o Bildu. No deja de resultar sorprendente la facilidad con la que se enfundaban algunos el traje de luchadores contra el terrorismo que representa quien estuvo en primera fila durante el fin de ETA mientras calculan pactar con Bildu si fuera necesario.

No diré que todo en estas últimas horas haya sido ficticio o aprovechado. En absoluto. Resultan creíbles las lágrimas de González, la pena de Elena Valenciano y el pesar de Susana Díaz, pero el gesto compungido de Sánchez y su nada disimulado protagonismo parecen una estrategia muy medida. Muy oportuna. Ahora bien, el reproche debería nacer de las propias filas del partido y de quienes hayan constatado cómo se ha converttido una capilla ardiente en un acto electoral y los «viernes sociales» hayan podido ser sustiuidos por un panegírico del candidato a través del recuerdo del ausente por parte de la plañidera Celáa. El mismo elefantiásico texto de despedida de Sánchez en el libro de condolencias y sus reiteradas citas de Azaña en cada ocasión que ha tenido oportunidad, como ésa, producen una sensación de medida rentabilidad. En Sánchez nada resulta sincero y gratuito. Quizás lo sea. Solo él puede confirmarlo. Pero los esfuerzos por enfrentarse a los históricos del PSOE no avalan esa nostalgia por un gran líder que se va. Su ausencia en los últimos años y la nula consulta u homenaje desde la Ejecutiva del partido desmienten tanta añoranza como parecían sentir sus actuales dirigentes frente al féretro.