La mirada de los débiles

La mirada de los débiles
EFE/EPA/ETIENNE LAURENT

Hace muchísimo tiempo leí 'Los ojos del hermano eterno', de Stefan Zweig. Allí Virata, temible guerrero y después el juez más célebre del reino, tras decidir vivir en su propio cuerpo las condenas que él mismo imponía, y reconociendo en los ojos del hermano eterno la imposibilidad intrínseca de todo acto judicativo, renuncia a su cargo y pasa a ser un hombre anónimo, a quien le espera, una vez muerto, un olvido más perenne, el de la historia. Sólo los perros, a quienes vigilaba y cuidaba, le acompañan en su muerte. Me impresionó este relato y desde entonces siempre procuro mirar a los ojos de las personas con las que hablo.

Dicen que la cara es el espejo del alma. Otros opinan que a través del cuerpo por el que nos manifestamos como somos. Pero el poder de la mirada es deslumbrador. Las mujeres y los hombres miran a los ojos de los demás, en un intento de descubrir lo mejor de ellos y ellas. Allí averiguan la emoción, la ilusión e incluso la misma pasión.

Cuando aparecen constantemente en los medios de comunicación las llegadas de los rescatados por las pateras que intentan llegar a las costas mediterráneas, las caravanas de migrantes rumbo a Estados Unidos, las largas colas para cruzar la frontera de Venezuela, siempre me fijo en la mirada de los ancianos y de los niños, quizá porque son los más débiles de la sociedad. La mirada de un anciano, en palabras de Alfonso Francia, es «la mirada del alma/refleja la vida toda/ de alegrías y nostalgias/ de experiencias y recuerdos/ de tristezas y esperanzas/ de fracasos y conquistas/ de un pasado que se estanca/ de un futuro que acelera/ de un presente que se escapa/ a paso pasito lento/ envuelto con negra capa».

La mirada de un anciano migrante es ciencia y sabiduría, pero también sufrimiento y sueño por un mundo mejor. ¡Cuánta esperanza deben albergar estos ancianos! Salen de sus casas con lo puesto en búsqueda del paraíso. Quizá encuentren la nada pero la esperanza les fortalece, les empuja hacia el dorado, no tanto para ellos que están cansados y agotados sino para los suyos, los que disfrutarán de la nueva vida.

La mirada de estos ancianos es triste, interrogativa: ¿Por qué no nos queréis? ¿No os dais cuenta que vosotros también sois responsables de lo que nos pasa? ¿No sabéis que vuestro mundo también es el nuestro? Pero, sobre todo, nos sobrecoge la mirada de los niños. ¿Quién no se ha sentido interpelado por la mirada de un niño? Los niños migrantes, los refugiados, los que no pueden comer, los que no pueden ir a la escuela nos penetran con su mirada y nos cuestionan lo que hacemos.

Los niños, que van de aquí para allá, días y días sin parar, los niños que viven en campos de refugiados sin lo básico, los niños que viven en medio de las bombas, de la destrucción, de la violencia necesitan nuestras respuestas. Catherine L'Ecuyer dice que los niños necesitan ser escuchados con los ojos y necesita la mirada del adulto para entender el mundo y entenderse a sí mismos. Y a cambio, en vez de respuestas, les damos certezas: o les utilizamos para nuestros intereses o les repudiamos porque nos molestan. En definitiva, les abandonamos a su suerte.

Pero en cambio la mirada de los niños siempre es brillante. ¿Cómo puede ser que un niño al que le han truncado su salud, su alimentación y su educación siga sonriendo? ¿Cómo es posible que el niño que no tiene nada parezca que viva en la felicidad? ¿Qué hay de mágico en sus ojos que, al igual que los ojos del hermano eterno para el Juez Virata, nos atormentan? Es la fuerza de los débiles, que transforma las flaquezas en fortalezas y los miedos en heroísmo.

Nuestra vieja Europa no quiere aceptar que el mundo también es de los débiles, que ella también fue migrante, que ella necesita la infancia para sobrevivir. El falso sueño americano no quiere aceptar que todos somos peregrinos y extranjeros en este mundo, que la tierra es de todos. Nuestro primer mundo no puede invadir, económica y militarmente el mundo de los débiles, y pretender que ellos no vengan al nuestro a recuperar lo que también les pertenece.

Sólo la fraternidad universal será capaz de descubrir al otro, de darle más de lo que le corresponde porque es nuestro hermano. El egoísmo cierra las puertas al hermano porque amenaza nuestra seguridad y estabilidad. El amor abre las puertas de par en par y nos hace más fuertes y más felices. El amor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

El secreto de la solución puede estar en la mirada de los niños. Un niño alemán, ante la pregunta de si en su clase había extranjeros, contestó: «No, solo hay niños». ¡Niños! ¡Cuánta profundidad se esconde en estas palabras!

Quizás la solución ha de venir por escuchar a los niños, por mirar a los ojos de los niños, por aprender de ellos. Si miramos al otro con ojos limpios y sencillos, sin prejuicios, descubriremos su inteligencia, su bondad, sus fortalezas. Indudablemente también veremos sus debilidades, sus limitaciones y sus miserias, pero ¿quién no las tiene?

En 1986 José Luis Perales escribía: «Que canten los niños, que alcen la voz. Que hagan al mundo escuchar; que unan sus voces y lleguen al sol; en ellos está la verdad. Que canten los niños que viven en paz. Y aquellos que sufren dolor. Que canten por esos que no cantarán porque han apagado su voz». Demos voz a los niños y niñas. Ellas y ellos son la esperanza de un mundo mejor, de un mundo nuevo. Promovamos parlamentos de niñas y niños. Ya existen en muchos países del mundo. Escuchemos sus inquietudes y sus propuestas. Seguro que serán imaginativas e innovadoras. No tenemos nada que perder. En cambio, tenemos mucho que ganar. Siempre nos quedará la esperanza.