Ministros y ministras, y viceversa

De este ejecutivo, y de todos los que le han precedido, no me interesa tanto el sexo de sus integrantes como las políticas que pretendan llevar a cabo

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Vaya por delante -y hago la precisión consciente de estar pisando un terreno minado- que no tengo el más mínimo inconveniente en que el Gobierno formado por Pedro Sánchez se halle integrado por once mujeres y solo seis hombres. Como no lo tuve cuando Rajoy conformó su último ejecutivo con ocho hombres y solo cinco mujeres. Siguiendo el viejo consejo de Marie Curie, procuro fijarme menos en la identidad de las personas y más en las ideas que defienden, de manera que de este ejecutivo, y de todos los que le han precedido, no me interesa tanto el sexo de sus integrantes, como las políticas que pretendan llevar a cabo. De manera que mientras me traen sin cuidado cuáles sean los tonos que más favorecen a la vicepresidenta Carmen Calvo, me deja helado su afirmación de que sería «tomar el pelo a los ciudadanos» que un gobierno en franca minoría como el suyo decidiera convocar elecciones anticipadas para dar la palabra a esos mismos ciudadanos; al tiempo que me da igual cómo se peine la melena la Ministra de Política Territorial Meritxel Batet, me escandaliza su idea de «recuperar» partes del Estatuto catalán taxativa e irreversiblemente expulsadas del ordenamiento jurídico por el Tribunal Constitucional; y aunque no me preocupe que -como algún diario apuntó días atrás- la nueva titular de Sanidad Carmen Montón aun no haya definido bien su estilismo a la hora de vestir, sí me inquieta que su estilo de gobernar, muy bien definido, venga caracterizado por el enchufismo y la confrontación. Pero ya sé que la mía es una posición minoritaria, y para demostrarlo ahí está el cerrado aplauso con el que ha sido recibido por propios y extraños el Gobierno Sánchez a cuenta de haber pulverizado todos los récords -no ya españoles, sino incluso europeos- en materia de presencia femenina. Lo que bien mirado, no deja de entrañar una interesante contradicción. O dos.

Para empezar, la ya conocida de que se pondere la presencia masiva de mujeres en base al principio de igualdad: si efectivamente se creyera en la igualdad entre hombres y mujeres, debería ser irrelevante cual fuera el número de los unos y de las otras, como son del todo irrelevantes otros datos como su estado civil, su clase social o su opción sexual, y hasta algunos que tal vez no debieran serlo del todo como su procedencia geográfica, su edad o su formación académica. Pero sobre todo, entraña una palmaria contradicción que la conformación de un gabinete integrado por un 64% de mujeres y un 36% de hombres -unos porcentajes que una lista de candidatos a diputados o a concejales habrían provocado su inmediata inadmisión por vulneración de las exigencias legales en materia de paridad- haya sido saludada precisamente como un éxito de la «democracia paritaria». Alguien debería advertirle a Sánchez de que en el juego de la paridad pasa como en el 'set i mig': que pierdes si te quedas corto, pero pierdes también cuando te pasas.

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