Ministerio de la Soledad

A la vista está que los índices de bienestar no son ya meros datos de PIB sino de felicidad

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Hace unos años, en Londres, tuve ocasión de hablar con una periodista católica que me advirtió de los problemas que su país sufría por la disolución de la familia. Como buena parte de Europa, ella miraba hacia los países mediterráneos con la imagen de la gran familia extensa, la mamma italiana; el seiscientos español con la suegra, los churumbeles y el canario o las celebraciones griegas con abuelos, primos y sobrinos. La conversación trataba sobre el divorcio y sus consecuencias pero afectaba a muchas otras cosas, en especial, la educación de los niños. En un momento de la charla me dijo con absoluta tristeza: «no dejéis que os quiten la familia. Protegedla ahora que aún la tenéis».

Cuando veo ahora al gobierno de Theresa May creando un 'ministerio de la Soledad' como lo llama la prensa británica para paliar los efectos de esa disolución de los lazos familiares recuerdo la clarividencia de aquella periodista. Los datos son escalofriantes: 9 millones de personas que viven solas y, sobre todo, dos millones de ancianos que no hablan ni se relacionan con nadie durante semanas. La realidad está cerca de la que retrata el documental 'La teoría sueca del amor', de Erik Gandini, que muestra las consecuencias de las teorías individualistas que han nutrido la política social de Suecia en las últimas décadas. En el documental se ve el trabajo de una oficina dependiente del gobierno para acceder a las casas de las personas que han muerto en soledad y de quienes no se tiene dato alguno de vínculo familiar. Ellos buscan en sus enseres alguna pista que les lleve a sus hijos, sobrinos o cualquier familiar que desconoce su muerte. Frente al modelo nórdico que exalta la independencia y el individualismo que ha creado un entorno de soledad y unas cifras de suicidio que no casan con los elevados niveles de vida, están algunos inmigrantes que se han instalado en el Norte con sus costumbres, principios y valores familiares. Son quienes crean -o re-crean- los lazos entre las personas, los grupos de referencia, la vecindad comunitaria, «inventos» de siempre que combaten la soledad y engordan las «cuentas corrientes» afectivas de las personas, mucho más importantes que las otras. A la vista está que los índices de bienestar no son ya meros datos de PIB sino de felicidad. España está todavía en camino hacia esa realidad pero no ha llegado a ella porque le protege un sentido de la familia que se convierte en una vacuna contra el desapego. No se limita a los vínculos genéticos sino a la capacidad de crear lazos, grupos, entorno. Lo dicen los expertos respecto a los adultos mayores: su calidad de vida no depende solo de una buena nutrición o del acceso a una buena sanidad universal sino también del mantenimiento de su vida social. A veces es tan fácil como que una vecina, un trabajador social o una voluntaria de Cáritas pasen a verles y a hacerles sentir aún parte de la sociedad.

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